lunes, 22 de noviembre de 2010

Todo aquí es polvo



Todo aquí es polvo, el libro de memorias de nuestra querida Esther Seligson, ya está en las librerías. He comenzado ya a leer este libro, titulado con una cita de Geney Beltrán Félix: es como escuchar a la maestra una tarde en su departamento de la colonia Juárez. Esther está aquí con sus ideas, sus conflictos, su enorme enseñanza. Quizá por eso me he quitado los zapatos antes de entrar en la primera página.

martes, 16 de noviembre de 2010

Historias de Mayta



Como continuación por el festejo por el Premio Nobel de Literatura 2010, comento otro de mis títulos favoritos entre los que ha escrito Mario Vargas Llosa. Se trata de una novela publicada en 1984, que tiene como contexto un Perú azotado por la corrupción y la violencia, dominado por los narcos, en el que la mayoría de los habitantes miran abúlicos cómo distintos poderes se arrebatan el control de su país (¿dónde he oído eso?). Me refiero a Historia de Mayta.

Me remito a esta novela porque, como El Paraíso en la Otra Esquina y Conversación en La Catedral (por mencionar sólo dos) es un ejemplo clarísimo de que no se puede desligar al narrador del hombre político. Insisto en transcribir las palabras del comité que otorga el premio: don Mario es Nobel por su “cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”.

Volvamos a la novela: en el Perú convulso que describí líneas más arriba, un narrador-personaje emprende una investigación sobre la vida de Alejandro Mayta, un revolucionario trotskista que décadas antes fue líder de una rebelión en el distrito de Jauja. Como suele ocurrir, tras el fracaso del movimiento Mayta termina preso.

En esta novela Vargas Llosa reflexiona acerca de las formas posibles de revolución, acerca del contrapunto entre acción y teoría. No sólo en el plano más evidente, que es el que alcanza a Mayta y que se materializa en las diferentes facciones de la izquierda; también existe en el Perú caótico que Vargas Llosa inventa para el tiempo en que transcurre la novela y que se traduce en una guerra entre distintas potencias que van ocupando el territorio del país andino: los rusos, los chinos, los norteamericanos…

Aparece ante los lectores, así, un Mayta afantasmado, inaprehensible, en el que se conjugan siempre varias posibilidades para cada acción. Es así como se reconstruyen las historias del fracaso. Mayta es un idealista que poco a poco se va dando cuenta de la condición humana. ¿Por qué las traiciones, las decepciones, no parecen afectarle?

A Vargas Llosa, a quien algunos le reprochan sus ideas políticas, es curiosamente a quien le interesa reflexionar sin dogmas acerca de los defectos y las virtudes del socialismo y del capitalismo. Esta novela contiene ácidas críticas contra los Estados Unidos y su política de intervención; contra Rusia por lo mismo, contra las izquierdas fragmentadas, contra la clase media abúlica que no se interesa por el ejercicio político entendido como la toma de decisiones y como la obligación de informarse.

Historia de Mayta es además una reflexión sobre el arte de novelar. La investigación del personaje-narrador nos hace ver que no hay una Historia de Mayta, sino muchas Historias de Mayta. Cada quien narra lo sucedido desde su perspectiva, y aparece frente a nosotros una realidad compleja y completa. Varias veces, a lo largo del libro, el personaje que representa a Vargas Llosa habla de “mentir con conocimiento de causa”. Así nos revela el método que aplica en este caso. Lo de menos es si Mayta existió o no, si ocurrió una rebelión en Jauja o todo es invención: se trata de una ficción enraizada en la realidad, de hechos que rebasan lo anecdótico para convertirse en Historia y en laboratorios de la experiencia humana.

lunes, 11 de octubre de 2010

Las travesuras del escribidor


La decisión de la Academia Sueca de otorgar el Premio Nobel de Literatura 2010 a Mario Vargas Llosa ha detonado festejos en el mundo entero. Confieso que yo aplaudí frente a la tele. En la marea que siguió al anuncio, algunas voces han señalado que el autor de La Fiesta del Chivo “merece el Nobel a pesar de sus ideas políticas”. Opino muy distinto. El premio es merecidísimo justo porque no se puede desligar al narrador del hombre político.

Las palabras del comité que otorga el premio son muy claras: don Mario es Nobel por su “cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”.

Quien haya leído al menos uno de los libros de Vargas Llosa sabe que sus novelas, cuentos, ensayos y obras de teatro generan incomodidad en los lectores. Leerlo es una experiencia agridulce, dolorosa y gratificante al mismo tiempo porque los hechos nos obligan a cuestionar el proceder de los personajes, a analizar cómo algunos hombres logran imponerse sobre otros. ¿Quién que haya pasado por esas líneas no ha odiado y querido al Arpista, a Zavalita, a Fonchito? ¿Quién no desea y aborrece al mismo tiempo a la niña mala, a Agustín Cabral? ¿Quién puede decir si Pedro Camacho es un loco o un genio?

Una vez picados de esa víbora, comenzamos a ver la vida como si fuese una de esas novelas. Probablemente sin que lo deseáramos, don Mario nos ha enseñado a captar la vida por la parte visible y también por la de atrás, por las costuras, por el andamiaje que el poder construye. Y con ese método nos ha enseñado a cuestionar todo. Hasta a nosotros mismos.

He comentado en este mismo espacio varias novelas de don Mario: Conversación en la Catedral, la Ciudad y Los Perros, La Casa Verde, Las Travesuras de la Niña Mala, El Paraíso en la Otra Esquina… quizá más que ninguna, esta última ejemplifica cómo provoca don Mario la saludable incomodidad a la que me refiero.

En esa novela, Vargas Llosa reconstruye la vida de Gauguin y de su bisabuela, la activista Flora Tristán. Más que intentar una biografía novelada, Vargas Llosa rescata las ideas, obsesiones e inquietudes que marcaron la vida de los dos personajes. Con concepciones drásticamente distintas de la vida, Gauguin y Tristán ofrecen un contrapunto que hace inevitable que el lector mastique y mastique la pregunta que sugiere la contraportada: ¿Dónde está el paraíso? ¿En la construcción de una sociedad igualitaria o en la vuelta al mundo primitivo?

Gauguin, lo sabemos, dejó Europa para irse a vivir a Thaití, en donde desarrolló una parte importante de su obra pictórica. Atraído por la forma de vida de los nativos, murió enfermo. Flora Tristán, por el contrario, dedicó su vida a luchar por los derechos de los obreros y por reivindicar el papel de la mujer dentro de la sociedad. Y sin embargo, ambos personajes comparten mucho más que la sangre, pues demuestran una convicción envidiable que los empuja a rebasar las convenciones de sus respectivas épocas.

Desde que apareció, he escuchado comentarios muy distantes por parte de quienes leen esta novela. Quien no la tilda de genial, la tacha de insufrible. Imagino que reacciones tan distintas se deben a que, conocedor de la entraña humana, Vargas Llosa no cae en el juego de caracterizar a los obreros-buenos y a los patrones-malos-e-inhumanos. El paraíso en la otra esquina no intenta defender posturas o concepciones, sino cuestionarlos. Hay por ello, a lo largo de las casi quinientas páginas de la novela, un despiadado bombardeo de cuestionamientos al Estado, a los empresarios, a los obreros, a la Iglesia, al periodismo, al papel de la mujer en las sociedades, a la forma de asumir la sexualidad masculina, a la familia como institución, a los historiadores como falseadores de los hechos, al lector mismo…

martes, 28 de septiembre de 2010

Un cuento verdadero



En 35 años de dictadura porfirista, aparecieron en nuestro país 2,579 periódicos. De éstos, poco más de dos mil se imprimían en los estados y el resto en la Ciudad de México. Se trata de una cifra engañosa que puede lanzarnos a pensar en un periodo de tolerancia a la crítica y en libertad de opinión.

Si en sus primeros años de gobierno Porfirio Díaz se mostró abierto a la crítica, a medida que su poder se consolidaba respetó cada vez menos a los periodistas. En 1883 Manuel González, el compadre de don Porfirio que gobernó de 1880 a 1884, canceló el llamado “fuero del periodismo”, que entre otras cosas contemplaba la creación de tribunales especiales para juzgar los llamados “delitos de imprenta”. Así se inauguró formalmente un periodo de férrea censura contra los periodistas de oposición: registros de la época consignan confiscación de prensas y útiles de trabajo, persecución a editores, impresores, cajistas y correctores, encierro por difamación e incluso asesinatos. Se dice que Daniel Cabrera, fundador del periódico satírico El hijo del Ahuizote, fue arrestado más de cien veces. Ser periodista independiente implicaba trabajar en la clandestinidad.

Amordazados los periódicos, los testimonios de la época sobrevivieron en un caldo conformado por historias que corrían de boca en boca, documentos legales, archivos familiares y obras literarias que aguardaban mejores tiempos para su publicación. La certeza era –como es hoy– una flor rara. Frente a una historia sorprendente, casi siempre surgía quien afirmaba lo contrario. Así, la verdad y la ficción se entreveraron y rodando en el tiempo, se amalgamaron en el crisol de la imprenta. Por eso para esta columna, más que seleccionar ejercicios de rigurosa documentación, he escogido una invención literaria que nació en aquellos tiempos. Un testimonio que es al mismo tiempo un ejemplo de nuestra mejor literatura.

Publicado en 1926, señalado por muchos como el mejor libro de crónicas de la revolución mexicana, El Águila y la serpiente es un libro en el que Martín Luis Guzmán plasma sus correrías revolucionarias por el norte del país. Está escrito desde la perspectiva de un “corresponsal de guerra” que acompaña al ejército villista con acceso a los altos jefes, y con libre tránsito por cuarteles y oficinas.

Efectivamente, Martín Luis Guzmán acompañó durante años al ejército villista. Pero la realidad acerca de cómo se escribió este libro es muy distinta. Como señala María del Carmen Millán: “esta reproducción tan minuciosa de retratos, paisajes y escenas de la Revolución no es producto de notas tomadas al pie de los hechos, sino el resultado de una reconstrucción creadora, de una recreación literaria apoyada en elementos vividos con la intención de poner en claro conceptos válidos y necesarios para mejor comprender nuestra realidad histórica”.

Un ejemplo claro de esto lo hallamos en el capítulo titulado “La fiesta de las balas”, que comienza: “Atento a cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba yo en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo la División del Norte: si las que se suponían estrictamente históricas, o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como algo visto dentro de la más escueta realidad, o las que traían ya tangibles, con el toque de la exaltación poética, las revelaciones esenciales. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mi juicio, eran más dignas de hacer Historia”.

viernes, 24 de septiembre de 2010

El jardín de las delicias



Publicada por editorial Jus, El jardín de las delicias es la primera novela de Jorge Vázquez Ángeles. En el contexto de un convulso México que atraviesa por un año impronunciable, se desata una guerra por el poder en donde el rehén es líquido: el gobernador del estado de México decide cortar el suministro de agua a la Ciudad de México. Tal situación detona una serie de acciones eslabonadas que nos dan un retablo en donde conviven –caricaturizados, grotescos, pero muy reconocibles- los habitantes de la región más transparente.

Jorge Vázquez sabe utilizar las historias que forman parte del imaginario mexicano: las sumas fabulosas que los políticos depositan en bancos extranjeros y en paraísos fiscales, los grupos especiales entrenados por especialistas israelíes, guerrillas orquestadas con fines políticos, funcionarios alienados que pierden el contacto con la realidad. Utiliza toda esta mitología como caldo de cultivo en el que ocurren situaciones que hace unos años nos parecían inverosímiles, pero que hoy bien podrían formar parte de las páginas de los diarios.

El Presidente aparece con una sonrisa a toda prueba, que los médicos intentan curarle con cortisona. Una sonrisa que lo hace parecer incongruente, alejado del país que gobierna, y que –detalle importante– le inmoviliza la boca al grado de que los demás no pueden comprender qué es lo que dice, de qué habla. De este modo, con detalles que más que reír hacen pensar, Jorge Vázquez nos entrega en su primera novela una visión en la que cada rasgo dice mucho, y en la que al final todos nos reconocemos en alguno de los trazos.


Jorge Vázquez nació en Tacubaya en 1977. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2003-2005 y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para Cultura y las Artes en 2007-2008.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Un judicial en el metro



El 12 de septiembre me enteré, por un correo de Jaime Muñoz Vargas, de que el libro de cuentos Leyenda Morgan fue elegido para formar parte del programa capitalino "Para leer de boleto en el Metro". Se hará una reedición de 10 mil ejemplares que serán distribuidos gratuitamente entre los usuarios del sistema de transporte colectivo de la Capital.
Hasta donde tengo noticia, el único registro lagunero que había entrado en este programa editorial había sido ¡Buen viaje! Décimas, sonetos, octavas y liras para niños escrito por Frino en 2008 y publicado también durante este año.
Jaime Muñoz nos tiene acostumbrados a este tipo de "vuelacercas" (para decirlo en lenguaje beisbolero). Ahí nomás, con el mismo título, ganó hace algunos años el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí. Además, sus novelas El principio del Terror y Juegos de amor y malquerencia fueron ampliamente difundidas.
El caso es que en cinco historias, Leyenda Morgan construye o reconstruye los ambientes sórdidos del Torreón nocturno.
El hombre a quien apodan Morgan es un policía judicial con buen instinto de investigador e implacablemente corrupto: sabe cómo se mueven las cosas en la sombra. Si detectives como Sherlock Holmes confían en que la escena del crimen les dará elementos suficientes para disipar cualquier interrogante, Morgan sabe que en México (y en La Laguna) cada vez que alguien muere lo más probable es que la evidencia sea alterada, modificada, borrada y para decirlo pronto, robada.
Con anécdotas atractivas que por momentos coquetean con la crónica de rincones que todos los laguneros conocemos (o deberíamos conocer), Leyenda Morgan es una prueba palpable y legible de uno de los productos que exporta La Laguna: buena literatura.
Leyenda Morgan fue publicado por primera vez por Ediciones sin Nombre, la editorial que navega al timón de José María Espinosa y Ana María Jaramillo, que entre sus autores cuenta a Esther Seligson y a Federico Campbell.
Fue precisamente el maestro Campbell quien escribió en su columna "La hora del lobo" estas líneas respecto al libro que hoy nos ocupa: "Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
"El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante, es un asiduo lector de revistas policiales de monitos y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones.
"Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías".

martes, 14 de septiembre de 2010

Enigma al estilo Pitol



Armada con recursos propios de la novela policial, El desfile del amor, de Sergio Pitol, parte de un hecho violento ―un crimen cometido el catorce de noviembre de 1942―, que desencadena una pesquisa. La policía cierra el caso, y el expediente permanece acumulando polvo casi treinta años, hasta que alguien decide retomarlo. Pero en esta ocasión las investigaciones no son realizadas por la policía, sino por Miguel del Solar, un historiador que vuelve a México después de vivir muchos años en el extranjero. El móvil que empuja a Del Solar a indagar lo sucedido aquella noche es personal: él vivía, cuando niño, en el edificio en el que ocurrió el asesinato.

Es enero de 1973 y la muerte de Enrich Maria Pistauer ha quedado por completo en la oscuridad, en el enigma. Del Solar recuerda apenas algunas atmósferas, vagos ambientes, casi nada. Decide entonces entrevistar a los testigos y se pone en contacto con los asistentes a aquella fiesta que terminó en tragedia. Como en un desfile, el lector asiste a una sucesión de voces que construyen distintas versiones de los hechos. Relatos contrastantes no sólo en su apreciación de lo ocurrido, también en el tono y en el ritmo con que desgranan las acciones. Son muchos los elementos que a lo largo de la novela Sergio Pitol siembra para apuntalar el carácter de novela-enigma en este libro. Pero desde un inicio se preocupa por dejar en claro que tanto el crimen como la investigación ocurren en México, lo que será determinante hacia el final de la novela.

En mi opinión, es precisamente en el final de esta novela donde se revela la maestría Sergio Pitol: si el artista quiere capturar la esencia de la verdad en sus trabajos, no puede reducirlos a un mero crucigrama o a un acto de malabarismo. Si la crítica que muchos han hecho a las novelas policiales de Conan Doyle es que los razonamientos de Sherlock Holmes son inverosímiles, entonces Pitol opta por abandonar la precisión del malabarista y asumir la estrategia del mago.

martes, 7 de septiembre de 2010

Otras caras del Paraíso


Antes, cuando alguien se enteraba de mis raíces laguneras, soltaba un comentario acerca del Santos Laguna, de los buenos cortes de carne, del sol que cae a plomo, de las muchachas lindas que hay por allá, pero en general coincidían en señalar a la Comarca como una región tranquila donde se come bien y se vive aún mejor. No obstante, cada vez me ocurre con más frecuencia que al mencionar que soy de La Laguna encuentro un destello de tribulación en las miradas ajenas, y no tardan en brotar frases como: "ah, tan difícil que están las cosas allá", "tan tranquilo que era" o "se están dando con todo". Este fin de semana, imposibilitado para ir de visita a la región, me improvisé un lonche de adobada y me puse a releer Otras Caras del Paraíso, de Francisco Amparán. Ya entrado en eso, y viendo la actualidad de esa novela, me dió por trepar aquí un comentario que publiqué en agosto de 2008, en El Siglo de Torreón:


Mucho se ha dicho que la literatura suele adelantarse a la realidad. No se trata de poderes adivinatorios: a fuerza de observar, de jugar con la madeja de lo cotidiano, el escritor se vuelve capaz de predecir lo que sucederá en su entorno. Así, no deben sorprender a nadie las ácidas críticas hacia el mediocre trabajo de la Policía que han poblado en los últimos años las letras laguneras. Por ejemplo un libro de cuentos llamado Leyenda Morgan, del lagunero Jaime Muñoz Vargas, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2005, contiene varios enigmas policiales que tienen como marco a La Laguna. Es estricta ficción, pero que bien pudiera ocurrir hoy o mañana.

Pero el libro que hoy me ocupa es Otras Caras del Paraíso, novela de Francisco Amparán, publicada por Castillo Ediciones en 1995. A Francisco Amparán no es necesario presentarlo: habitante de estas mismas páginas, es un escritor y periodista ampliamente conocido en La Laguna y fuera de ella.

A quien presentaré, en todo caso, es al ingeniero Francisco Reyes Ibáñez, protagonista de esta novela: se trata de un “modesto catedrático del Tecnológico de Monterrey (Campus Laguna) metido por azar a investigador criminal”. El hecho de que el misterio de este libro -la desaparición de una joven- deba ser esclarecido por un maestro universitario y no por un agente del Ministerio Público, es ya una dura crítica. Por supuesto, hay un par de investigadores encargados del caso: Se trata de “El burro” y “El gusano”, policías judiciales no muy brillantes.

En esta novela, Reyes Ibáñez busca a Helena Salgado, prima de una de sus alumnas, que se ha esfumado en misteriosas circunstancias. Este detective improvisado no es, para nada, un héroe: conforme avanza el relato sabe cada vez menos de la realidad en la que se desenvuelve. La teoría y la práctica se disocian totalmente, y el Estado de Derecho termina por ser sólo una abstracción o cuando mucho un catálogo de buenas intenciones.

De esta forma, Francisco Amparán logra retratar la impotencia colectiva: cada vez es más difícil para la sociedad civil darle coherencia a lo que ocurre en su entorno.

Esto queda aún más claro en el capítulo siete, en donde Paco visita La Garzita en busca de La Güera, una elusiva prostituta que pudiera darle pistas acerca del paradero de la joven que busca. De pronto, el profesor-detective es víctima de un atentado: alguien acribilla su automóvil. Reyes Ibáñez se salva por muy poco. Pero no es casualidad que en esta situación los campesinos se desenvuelvan con muchísima mayor soltura. Están acostumbrados (¡!) a sufrir abusos por parte de los uniformados. Cuando llega la Policía al sitio de los hechos, los campesinos tienen ya un diagnóstico de lo sucedido.

Viene después un cambio de tono en la voz narrativa: una prosa cruda, seca, sin la ironía y el ludismo que habían caracterizado la novela hasta ese punto. Y se destapa una cloaca: la red de corrupción que causó la desaparición de Helena Salgado incluye industriales, senadores y otros cromos.

Amparán sabe presentar los mecanismos de procuración de justicia en México: lo que se puede armar son apenas especulaciones acerca de lo que pudo haber sucedido.

Clasemediero a fin de cuentas, el personaje hace una suerte de viaje paralelo al que el Dante realiza en su Comedia: de mansiones y edificios corporativos en donde la ostentación es el común denominador, desciende a la pobreza -jodidez, mejor dicho- y al olvido en que viven los campesinos mexicanos.

Como el título advierte, bajo la forma de novela encontramos aquí una crónica del norte salvaje, brutal, que dista mucho de ser un territorio maravilloso. En Otras Caras del Paraíso podemos leernos retratados -ironías de por medio- los laguneros con virtudes, carencias, complejos y ventajas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Un año con el Quijote


Hace unos días, Saúl Rosales presentó Un año con el Quijote. Aunque el libro es de reciente aparición, lo leí hace tiempo, pues hará más o menos un año que Saúl tuvo la confianza de pedirme que lo registrara en las oficinas del Instituto Nacional de Derechos de Autor. Para quienes no se mueven en el oficio, quizá suene extraño que un autor le pida a otro que le registre una obra, pues dice un refrán que el caballo, la mujer y los manuscritos literarios sin registrar jamás se prestan. Pero en realidad este tipo de encomiendas, entre amigos y colegas, son muy naturales.

Para hacerlo era necesario que el autor remitiese dos ejemplares del manuscrito. Pero en lugar de dos, recibí tres copias, una de ellas dedicada por Rosales, a quien considero mi maestro desde hace quince años. Me enfrasqué de inmediato en el texto, que es una muestra más de la habilidad que Rosales tiene con la palabra.

Una característica de los clásicos es que cualquiera puede leerlos y sacará de sus páginas conclusiones personales. Quizá se reconocerá en alguno de los personajes, o vivirá como si fuesen propias las situaciones que se narran. Pero así como no cualquiera sabe sacar vino de las uvas, tampoco es sencillo asimilar en toda su potencia las propuestas que Cervantes lanza al mundo disfrazadas de las ocurrencias de un loco. Rosales lo logra con creces, y eso es una razón más que válida para leer su libro, que es una guía para adentrarse en el follaje de la primera novela moderna.

Pero hay más: el loco de La Mancha es apenas el trampolín que Rosales toma para desarrollar ensayos breves que van desde la ética del periodista (que debe ser parecida a la del caballero andante), hasta recomendaciones para los políticos de aquí y de ahora, basadas en los consejos que Don Quijote le da a Sancho para gobernar la ínsula de Barataria. El autor de Autorretrato con Rulfo hurga en la dimensión humana del Quijote y lo descubre lleno de fallas pero idealista; irascible pero leal, loco pero noble. Es decir, una persona más que un personaje. Así pues, este libro es un diálogo con el pasado, y también con el presente que vivimos.

El peor en transparencia

Esta semana, la consultora Aregional dio a conocer el “Índice de transparencia y disponibilidad de la información fiscal de los municipios 2010”, que evalúa la transparencia la transparencia de gasto, ingresos y rendición de cuentas en todos los municipios del país. Fue nota en todos los diarios de la nación.

De todo México, el Gobierno Municipal de Torreón fue el peor evaluado con un rango de 4.50 puntos, en donde 100 puntos es la base máxima de calificación. Y luego me mandan preguntar por qué escribo lo que escribo…


martes, 29 de junio de 2010

Habla de lo que sabes


"Habla de lo que sabes", libro de Geney Beltrán Félix, se presentará en la ciudad de México este
viernes 2 de julio, a las 7:30 pm. en Donceles 66, Centro Histórico, con los comentarios de Verónica Murguía y David Olguín.

sábado, 19 de junio de 2010

Descanse en paz, maestro

Carlos Monsiváis
(1938-2010)

--En el año 2030 una persona solitaria irá a donde estén depositados mis restos, verá mi nombre y se preguntará quién fui. Eso ya es un pronóstico, un vaticinio absolutamente seguro para el año 2030.
--Bueno, aparte de sus restos físicos, va a quedar la herencia de sus libros.


Descanse en paz, Maestro. Su obra y su memoria perduran




Descanse en paz, José Saramago




El viernes, poco después de las siete de la mañana hora local, la agencia EFE difundió que José Saramago acababa de morir en su casa de Lanzarote. La fundación que lleva su nombre indicó en un comunicado que Saramago murió acompañado de su familia, despidiéndose de una forma serena y plácida.

Si bien jamás conocí personalmente al maestro, sentí pesar y llamé por teléfono a Frino, mi hermano, quien sí charló un par de veces con el Nobel portugués y es además un asiduo lector suyo. Comentamos ese extraño fenómeno que ocurre cuando muere alguien que físicamente está lejos, pero cuya obra está cerca, mezclada con la memoria y con los principios de uno.

El primer libro que leí de Saramago es Levantado del Suelo, en una edición cubana que compré hacia 1998 en la isla caribeña, poco antes de que le fuera concedido el primer Premio Nobel de Literatura. El volumen me costó quince pesos cubanos, que entonces eran más o menos cinco pesos mexicanos. Se advierte desde la primera página la preocupación que el narrador siente por los desposeídos. Pero el estilo de esa novela, que narra la vida de una familia en el Alentejo, es mucho más seco que el de obras posteriores, y aunque la novela me gustó, la traducción reflejaba una parquedad que después no volví a sentir en la obra del maestro. Años después, por casualidad, cayó en mis manos un ejemplar de La Balsa de Piedra, y entonces sí me atrapó. Cuento la anécdota: en esa novela la península ibérica se separa de Europa debido a una enorme grieta en los pirineos, y entonces tanto España como Portugal comienzan a navegar en el atlántico, hacia Sudamérica. Eso cambia para siempre la composición geopolítica del mundo.

Leer el resquebrajamiento de los pirineos y al mismo tiempo verlos por la ventana fue apenas la primera impresión: observar de cerca las enormes diferencias sociales que existen en el interior de Europa me ayudó a comprender cómo funcionan las ficciones del maestro portugués: que los pirineos se partan y que la península ibérica emprenda un viaje por el atlántico es una metáfora del distanciamiento de España y Portugal con el resto de Europa.

Además llamó mi atención la habilidad con que Saramago construye la voz narrativa que usa en buena parte de sus novelas: una voz desenfadada, irreverente, muy divertida, que suele disfrazar como arrebatos y dispersiones las ideas que don José quiere incluir en sus libros. Una voz muy lejana a la solemnidad con que se cuenta la historia de Levantado del Suelo. Los personajes de Saramago dialogan con una mancha en el techo de su dormitorio, con un perro, incluso con su propio cerebro que se niega sólo a asentir a los caprichos de su portador.

La obra de Saramago es, así, un claro ejemplo de que se pueden combinar con éxito dos ingredientes que no suelen encontrarse juntos en la literatura: habilidad para narrar y compromiso social. La primera es esencial para mantener a los lectores atentos a lo que ocurre en la página, pues hoy día los libros compiten con el cine, con Internet y con otros estímulos. Leer DEBE ser divertido, y eso es responsabilidad de los autores.

El segundo, revela al autor como un intelectual congruente, preocupado por su tiempo, lejano a los charlatanes que saturan páginas y páginas de consignas revolucionarias y a la primera oportunidad se deshacen en lisonjas para los poderosos.

martes, 27 de abril de 2010

Y mi voz quemadura


Jaime López y Las Señoritas de Aviñón
Viernes 30 de abril

Ruta 61 / Baja California 281, entre Culiacán y Nuevo León,
a dos cuadras del Metro Chilpancingo
5211-7602 / 5256 0667
eduardo@ruta61.com.mx





Tomo como pretexto este toquín de Jaime López para reproducir una entreviste que le hice hace ya algunos años a este poeta y orquestador del taconazo nacional:

Y mi voz quemadura se llama el material en donde la voz de Maru Enríquez y la guitarra de Jaime López se entrelazan para rendir homenaje a Xavier Villaurrutia. Quince poemas-canción que surgieron de una comedia musical para cantante, músico y actor, que después dio origen a un elepé (Y mi voz quemadura, Discos Pueblo 2002)

Maru, ¿cómo surge Y mi voz quemadura? Un día me reencontré con Jaime, me mostró un texto de Villaurrutia musicalizado: “Silencio, silencio” –la tercera canción del disco que estrenamos en el “Café de Nadie”. Una coincidencia muy grata fue que el dueño del lugar nos dijo que ese espacio, que ahora es el café, antes había sido casa de las hermanas de Villaurrutia y que el poeta las visitaba con frecuencia.


¿Cómo te preparaste para interpretar este material? Tuve un buen acercamiento a las obras completas de Villaurrutia: ensayos, prosa, poesía. Me di cuenta del profundo sentido del humor del autor. No es un poeta de la muerte, sino irónico. También la experiencia de trabajar en la casa de sus hermanas el “Café de Nadie” nos fue metiendo en una dinámica muy a tono.


Han definido Y mi voz quemadura como el soundtrack de una película que no fue realizada. ¿Qué tipo de película crees que hubiera sido? Fue el soundtrack de una obra de teatro, eso sí se concretó. Lo de la película hubiera sido una película obviamente muy poética, en homenaje a Villaurrutia, al espíritu villaurrutiano, digamos.


Jaime, a partir de este reencuentrocon Villaurrutia, supongo se volvió uno de tus poetas de cabecera ¿A qué otros poetas recurres frecuentemente?

No empecé componiendo a partir de poetas, más bien a partir de compositores, de cantantes y de músicos, que a fin de cuentas me parecían más atractivos. Pocos poetas me mueven el cuerpo. De quienes yo conocía de chavo, me atrapó inmediatamente Dylan Thomas, por que visualmente se mueve, porque auditivamente de mueve, lo que está escrito se mueve por sí solo. También algunos contemporáneos muy cercanos con los que llegué a tratar en una parte de mi juventud, como Ricardo Castillo, Enrique Serna, que aunque escribe novelas para mí es un gran poeta, Xavier Velasco, premios aparte e independientemente de que escribió algo sobre mí.


Vuelvo con Maru: Tienes una larga trayectoria como cantante, ¿cuál es la relación de la mujer con la canción? En un principio había que adaptar las canciones para que fueran femeninas, porque normalmente las canciones tienen un punto de vista masculino, sobre todo las de amor. Entonces, ése era un conflicto. Por fortuna siempre he trabajado cercana a los compositores vivos, he tenido la suerte de que las adapten a la forma femenina. Creo que la sensualidad al interpretar una canción, es un aporte que sólo tenemos nosotras.


¿Cuál fue la canción más difícil de Y mi voz...? Todas tuvieron su grado de dificultad, por distintas razones, pero yo creo que la última -Bajo el siglo de la luna- es la que más me costó trabajo afrontar, no sé si por el tipo de arreglo, no lo tengo muy claro. Lo que sé es que antes que rockera, yo soy una intérprete de canciones.


¿Como se retrata a sí mismo Jaime López? Ya sé que luego es medio falso decir “No, yo no...” –se queda unos instantes pensando- soy muy autocrítico y a lo mejor tengo alguna imagen. Me veo como un compositor en el amplio sentido de la palabra: puedes componer a través del cuerpo, con la danza, o una canción. No hay mejor halago que cuando alguien dice “esa canción suena a Jaime López” cuando alguien dice eso me siento muy bien y creo que ése soy.


¿Qué diferencias hay –si es que existen- entre Jaime López músico y Jaime López poeta? Pues no hay mucha diferencia, más bien como que hay mucha interrelación. Antes que poeta soy músico y cuando hago una canción puedo llegar a ser poeta. Es un halago que a fin de cuentas una canción resulte un poema, tal vez a un poeta le resulte un insulto que le digan que su poema parece canción. En mi caso es al revés, parto más bien de ser músico. Antes que nada fui un bailarín. Un bailarín digamos que un tanto cuanto caótico, pero a partir de eso comencé a darle foma a las palabras aunque tardíamente, como a los catorce años, se me atravesó una guitarra y me salió una canción y luego otra y otra hasta que eso se volvió más prolongado. Un día me di cuenta de que era hasta mi trabajo. Quizás muchos me toman como letrista, pero antes que todo soy un músico.


Vi hace poco a tocar Jaguares, y en entrevista, Saúl Hernández dijo que entre los músicos a quienes más admiraba estabas tú/ ¿Al fin lo dijo? Me conmueve, porque vi los primeros pasos de Saúl cuando Las Insólitas imágenes...un tipo realmente muy agradable, buen bajista, aunque muchos lo duden. Muchas canciones de él me llamaban la atención en aquel entonces. Ya con Caifanes ha sido otra historia, me ha tocado ver de alguna manera su desarrollo desde el inicio.

¿Podríamos definir algunas de tus canciones como crónicas audibles? Más bien películas por el oído. Para crónicas yo creo que las hace muy bien José Joaquín Blanco. Viniendo de él que Primera calle de la soledad, es una crónica de las más afortunadas creo que es por añadidura... No percibo la crónica como uno mis objetivos. Más bien el resolver imágenes muchas veces muy cinematográficas. Soy un camarógrafo a final de cuentas. No desprecio la era en la que nací.


Entre estas películas audibles abordemos el disco de Nordaka, ¿cómo surge la idea de hacer un trabajo así? Por deseos muy antiguos. Siempre quise tocar en un grupo norteño. Posteriormente, cuando fui rico y famoso –se ríe- dije, voy a grabar un disco norteño. Hace veintitantos años escribí Por cigarros a Hong Kong, estaba en un grupo que se llamaba Un Viejo Amor que era lo más alejado a la música norteña. Nada más contemporáneo que la polka norteña, ahora sí que es nuestro rock. Pasó el tiempo y Por cigarros... seguía ahí. Tiene que ver con todo lo que ahora llaman identidad, cultura o usos y costumbres: Nordaka a fin de cuentas lo empecé como demos y salvo dos o tres cosas que pulí, se quedó tal cual. El origen tiene que ver con nuestros paisajes, pero también tiene que ver con el cine. Cuando conocí al Piporro me dijo “sí me echo un palomazo” y participó en dos canciones.

Comentaban que tienen en puerta un proyecto llamado Gran Quinqué... Sí, son rolas exclusivas de Jaime, - contesta Maru- con arreglos más rockeros pero paradójicamente más acústicos. Las presentaciones de Y mi voz quemadura las hacíamos con voz y guitarra, me gusta regresar a la esencia de las canciones. Gran Quinqué es la primera canción que surgió del reencuentro con Jaime, y han ido saliendo otras en trabajo conjunto. Adelanto algunos títulos –interviene Jaime-: Gran Quinqué, La calle es una playa, El diablo habla en esperanto, Ocho Calumnias, Panteón de Neón. Es un disco que estaba desde antes de que se nos atravesara Villaurrutia, y de alguna manera qué bueno que se nos atravesó. Entre Villaurrutia y Villaurrutia fueron surgiendo estas canciones. Son rolas mías y más bien ahora de Maru, porque el material saldrá con su cara y con su voz, que ya maduró –termina Jaime y vuelve a reír.

domingo, 18 de abril de 2010

más coordinadores... y menos cultura


De mi columna El Síndrome de Esquilo del sábado 17 de abril, en El Siglo de Torreón:

Una nota publicada hace unos días en este diario por el colega Yohan Uribe se tituló “Vinculará Gandhi a los creadores regionales”. Leyéndola vinieron algunas preguntas a mi cabeza: ¿Qué está provocando que las librerías estén funcionando cada vez más como centros de cultura alternativos a los espacios del Ayuntamiento? ¿Es que los creadores no se sienten ni representados ni vinculados por las autoridades locales?
Apenas el pasado 28 de noviembre, cuando aún no se definía quién se haría cargo de coordinar la cultura municipal, escribí en este mismo espacio: “además de cumplir requisitos propios del cargo, los creadores vemos en Norma González a alguien que ha vivido siempre un genuino interés por las artes, y por lo tanto me atrevo a decir que lo que estamos pidiendo es alguien que, como Norma, sienta las manifestaciones culturales como asunto propio, no como un simple trampolín a la nómina”.
Sigo pensando lo mismo, por eso me extraña que la organización de eventos se haya visto desplazada por la iniciativa privada y que en cambio hayan aumentado tanto los nombres en la nómina, pues pese a la austeridad la actual administración municipal tiene registradas a 81 personas como “coordinadores” que cobran hasta 31 mil 500 pesos por ese cargo, cuando en la administración anterior había 38 coordinadores (43 menos de acuerdo al diario Vanguardia, 14 de marzo).
Conocí a Norma hace más de diez años, y desde entonces me inspiró confianza por su forma de ser, que percibí abierta y sin rodeos. Años después me asesoró con muy buen tino cuando comencé a escribir “Partitura para mujer muerta”, ficción que obtuvo el Premio Nacional de Novela Policiaca en 2008. Por su franqueza, en las reediciones que lleva el libro en dos años, incluí su nombre en la sección de agradecimientos. Apelando a esa misma franqueza es que escribo este comentario que muchos, quizá, tacharán de ingenuo.
He visto que ante la ausencia de la Licenciatura en Letras en las universidades locales, la Dirección de Cultura decidió abrir un Diplomado en Creación Literaria gratuito, impartido por escritores laguneros y con el respaldo académico de la Universidad Autónoma de La Laguna. Aplaudo que ello ocurra. Lo malo de la iniciativa es que esté programada exactamente en el día y la hora en que se llevan a cabo otras dos actividades que tienen años de trabajos constantes, y cuya creación requirió de los esfuerzos de muchos: la Escuela de Escritores del CINART y el taller de Saúl Rosales en el Teatro Isauro. Más que sumar, pareciera que la intención es dividir.
Otro ejemplo: para difundir la obra de los escritores laguneros se seleccionó a la reconocida editorial Jus, con quien se celebró un convenio. Sin embargo me consta que cuando se propuso que se presentaran en Torreón las novedades que esa editorial ha publicado de jóvenes de otras latitudes (sin que el ayuntamiento tuviera que desembolsar un solo centavo) la respuesta fue no. Otra vez, pareciera que la intención es dividir.
Imposible reinventar la cultura con cada administración. En vano he intentado comunicarme con Norma González, Directora de Cultura de Torreón, para exponerle estas inquietudes. Dos escritores que cobran como “coordinadores”, amigos míos de toda la vida, han actuado como “filtros” que impiden el diálogo. Me apena pensar que nuestros impuestos se van en pagar tal coordinación, que antes fluía con la simpleza de un telefonazo. Comentarios:vicente_alfonso@yahoo.com.mx

jueves, 15 de abril de 2010

La muerte todos los días




Mucho se ha hablado y se ha escrito de nuestra relación con la muerte. Al tema se acercan, por ejemplo, Octavio Paz y Carlos Fuentes. Pero nos enfrentan, en la mayoría de los casos, con muertes abstractas: entidades cubiertas de gloria, olorosas a patriotismo. La semana pasada hablé ya de esta visión.
En esta ocasión quiero referirme a otros muertos más cotidianos: los que habitan las páginas de la nota roja. Cadáveres que nos provocan una mezcla de fascinación y miedo: historias sueltas, víctimas de su silencio. No es la historia colectiva –esa triste fosa común– la que nos cautiva: son los cadáveres anónimos, los cuerpos descompuestos de aquellos que vivieron sólo para cumplir con el requisito de la muerte. Una bomba israelí mata a trescientos civiles en Gaza y pocos leen la nota; un tipo corta en pedazos a su novia, la mete al refrigerador y tiene al país completo en vilo.
¿Qué sucede? ¿Por qué nos seduce leer cómo murieron personas que vivas quizá jamás llamarían nuestra atención: el inmigrante partido por el tren, la prostituta violada y acuchillada en la vía pública, el cabo acribillado en su día de descanso?
Alguna vez tuve que hacer una nota acerca de un sexagenario que murió de un infarto en un cine porno. Horas después me contactaron un par de jóvenes que trataban de cubrir la honra de su abuelo: pedían que no se publicara nada. Si bien es cierto que en ese cadáver no había enigma, ni sorpresa, ni duda que le diese a la escena el carácter de desafío intelectual, pocos negarán que la historia es atractiva.
¿Por qué nos atraen tanto esas historias? Tengo mi hipótesis. La muerte posee extrañas cualidades: es al mismo tiempo nuestra mayor duda y nuestra mayor certeza. Es duda porque nadie sabe con seguridad qué día ni en qué condiciones morirá; es certeza porque todos sabemos que algún día hemos de morir. Dos bocados demasiado grandes como para digerirlos así nomás. Nos asomamos a la muerte igual que el niño que no sabe nadar mete, fascinado y temeroso, un pie a la alberca.
La mejor explicación de este fenómeno me la dio hace tiempo el maestro Rubén Bonifaz Nuño, uno de los más grandes poetas mexicanos. Luego de una fructífera charla en la que insistió en la necesidad de forjar una poesía anclada en la alegría y el gozo, le pedí que me dedicara uno de sus libros. Lo único que el octogenario maestro hizo fue trazar en el libro una temblorosa calavera azul. Le pregunté entonces por qué firmaba de ese modo si no le gustaba la muerte. Su respuesta fue contundente, inolvidable: “para irme acostumbrando”.

martes, 13 de abril de 2010

Que ya no hay grandes maestros…


Hace un tiempo, el periódico “El Universal” dio a conocer unos documentos de la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS) en donde consta que durante al menos 18 años, entre 1967 y 1985, los servicios secretos mexicanos espiaron a Gabriel García Márquez, al que consideraban «un agente de propaganda al servicio de la dirección de Inteligencia de Cuba».
Una de las causas para que la DFS investigara al autor colombiano fue que éste cedió al gobierno de Cuba los derechos de una de sus novelas, Crónica de una muerte anunciada. Según los documentos, esa acción “confirma que García Márquez, además de ser pro-cubano y pro-soviético, es un agente de propaganda al servicio de la Dirección de Inteligencia de ese país”.
Por los mismos documentos se sabe que García Márquez fungió como mediador entre François Miterrand y Regis Debray, consejero del entonces presidente francés, con la izquierda latinoamericana, en especial de El Salvador, Chile y Colombia.
El asunto no es casual: la aparición del libro García Márquez una vida, de Gerald Martin, ha traído una vez más la figura del colombiano a las páginas de los diarios. En la hojarasca que persigue al Maestro no han faltado ataques a su figura que lo tildan de “narrador rebasado”, e incluso de “amigo y cómplice de dictadores”. A pesar de ello, don Gabriel es, sin duda, un maestro en las artes del periodismo y de la narrativa, además de uno de los autores más leídos en el mundo, no sólo en lengua castellana.
Quizá su éxito de ventas y de lectores se debe a la carpintería con que ensambla sus historias. Tras su aparente simpleza, ficciones como Cien años de soledad, Crónica de Una muerte Anunciada y El Otoño del Patriarca contienen un arduo trabajo que incluye fuertes dosis de tensión para atraer la voluntad de los lectores. Y eso, la consideración con el lector, se ha perdido. No se trata de emparejar el suelo, sino de preparar el terreno con los suficientes escollos y pasadizos para que el recorrido resulte interesante.
En alguna ocasión, no diré en qué circunstancias, fui testigo de cómo un joven autor, sin libros publicados, increpaba al autor de Cien años de soledad diciéndole “¿pero es que no sabe usted que hay distintas formas de contar una historia?”. A nivel mediático, ocurre hoy con García Márquez algo que explica perfectamente una frase de José Emilio Pacheco: “si ya no hay grandes maestros es porque nadie quiere ser aprendiz”.

viernes, 26 de febrero de 2010

Charla en Minería con Nadia Villafuerte



El sábado 27, a las 13 horas, en la Feria del Libro del Palacio de Minería, tendré el gusto de charlar con Nadia Villafuerte, autora de ¿Te gusta el látex, cielo?. Más que ofrecer un mundo ensamblado y sin fisuras, los relatos de Nadia nos revelan el contexto contradictorio e inestable en el que nos movemos todos los días. Para narrar ese mundo crea estructuras complejas, busca adjetivos, acomoda acentos, cuenta sílabas. Así logra construir relatos con ritmo, musicalidad, hechizo.
Dediqué a su libro más reciente mi columna semanal del sábado 7 de marzo de 2009. Transcribo un párrafo: “la autora retrata con enorme habilidad el interior de sus personajes, su complejidad enraizada en conflictos interiores. Esta complejidad no se traduce sólo en palabras, sino en pequeñas acciones, detalles en apariencia insignificantes y que no obstante, dejan entrever por un instante el iceberg. ¿Te gusta el látex, cielo? contiene diez relatos incisivos escritos con un estilo frenético y brutalmente lírico que genera adicción. Máquinas perfectas que asimilan por igual a Sófocles que a Raymond Carver, los diez relatos son protagonizados por personajes que avanzan hacia el dolor al pretender huir de él. Sin temor a exagerar, un libro imprescindible”.

lunes, 1 de febrero de 2010


"Hace ya tiempo descubrí, no sin sorpresa, que los azares del periodismo me acercaban con insistencia al tema de la muerte. Hacia 1965 supe, en Hiroshima y Nagasaki, que un hombre puede morir indefinidamente y que la muerte es una sucesión, no un fin.
Años más tarde la conocí como un desafío a la omnipotencia del cuerpo: Macedonio Fernández, para quien el cuerpo era una metáfora de la que no lograba desasirse, triunfó sobre él mediante una paciente labor de ocultamiento; Felisberto Hernández, que había atribuido a a cada parte del cuerpo una vida separada, sólo pudo superarlo cuando se atrevió a manifestarlo por entero, de una manera excesiva. De otros maestros -Buber, Saint John Perse- aprendí que no hay cuerpo ni muerte, y que las rebeliones contra ellos siempre son estériles...". (del prólogo a Lugar común la muerte)
Descanse en paz Tomás Eloy Martínez.

miércoles, 27 de enero de 2010

El vaquero más auténtico que existió


Hace unas semanas se lanzó la segunda edición de El Vaquero más Auténtico que Existió, novela de Ignacio Trejo Fuentes publicada por Ficticia, la editorial que dirige con muy buena puntería Marcial Fernández. Eso me da un pretexto para volver a trepar en el lomo de la red este texto.

A Ignacio Trejo no hace falta presentarlo: sabemos bien que es narrador, ensayista y cronista. Que nació en Hidalgo en 1955 y que tiene más de veinte libros publicados. También que ha ganado premios como el Nacional de Periodismo Cultural Comitán de Domínguez y el Internacional de Ensayo Sergio Galindo, y que es sin duda uno de nuestros críticos literarios más respetados.

Siempre contada a través de la mirada de un narrador-personaje que recuerda sus años de juventud, El Vaquero más Auténtico que Existió puede ser leído como una crónica de la violencia implícita en el despertar al mundo adulto. En un centenar de páginas, Ignacio Trejo Fuentes nos convierte en testigos de cómo una parvada de jóvenes buscan su sitio en un mundo que no acaban de comprender.

En esos trances se hallan cuando llega a la ciudad un tipo al que apodan El Vaquero y cambia la vida de todos para siempre.

El protagonista recuerda sus primeros amoríos con Inés, una morenaza tan joven como él, también ávida de descubrir el mundo en el cuerpo del prójimo. Conforme las páginas van avanzando, la Pachuca que el autor construye se va poblando de personajes marcados por sus obsesiones. Algunos son entrañables, como Carmela; otros rabiosos, como Zedillo, quien goza de una posición privilegiada (por ser el niño rico del rumbo y por el rifle que carga consigo); otros presentan patologías habituales, como Papelito Colorado, un niño que deambula por las calles hidalguenses en busca de alguien que le ponga atención.

Finalmente, casi todos los personajes que habitan esta novela cargan un impulso vital tan poderoso que no les cabe en el cuerpo. Es el caso del narrador, de Inés y de Eloísa, quienes descubren el erotismo como un oasis en un entorno marcado por la muerte. El amor es, en este caso, un pecado que salva.

Como una crónica genial, El Vaquero más Auténtico que Existió abre con una frase contundente, un machetazo certero: “Inés, la luna y yo perdimos nuestra virginidad al mismo tiempo”.

De un plumazo nos ubica, sin necesidad de mencionar fecha alguna, 21 de julio de 1969, día en que Neil Armstrong pisó la Luna. Más que un detalle, esta evocación construye un puente entre la realidad y la ficción, borrando así las fronteras entre éstas.

Trejo Fuentes vuelve a utilizar estos recursos, tan propios de la crónica, en el paréntesis que abre en mitad de la novela para narrar una historia que liga al primer hombre que pisó la luna, Neil Armstrong, con una anécdota sexual.

El aprendizaje de la vida es, inevitablemente, el aprendizaje de la muerte. Los personajes de El Vaquero más Auténtico que Existió lo descubren por el camino difícil. Sus rituales van del erotismo a la violencia en un ambiente que combina ambos con la insólita naturalidad con que se mezclan en el México de nuestros días. El asombro viene sólo hasta que los hechos son “recordados” por el narrador, como ocurre con los habitantes de esta novela, acostumbrados a ver un viejo yate encallado en un basurero, a cientos de kilómetros de la playa más cercana. ¿Cómo llegó allí? Nadie lo sabe, pero tampoco nadie lo pregunta.

Ignacio Trejo Fuentes reconstruye así un sistema poroso con huecos, vacíos y contradicciones que le dan verosimilitud a la novela. Como los vaqueros de los western, El Vaquero es un personaje que sólo está de paso por Pachuca. Nadie sabe bien de dónde viene ni a dónde va. Bien mirado el asunto, no conocemos ni siquiera su nombre. Pero es el que abre fuego y precipita el final de esta entrañable historia.

El morbo que a los jóvenes personajes les provocan los misterios de la vida (que toman forma en los fetos que flotan en frascos llenos de formol del anfiteatro, en los habitantes de las cantinas y en los cadáveres que aparecen en distintos rincones de este libro), también se los provocan los misterios de la muerte. Mueren muchos personajes en este Pachuca literario, y casi todos con muertes violentas.

lunes, 25 de enero de 2010


Este fin de semana terminé de leer Habla de lo que sabes, del Geney Beltrán Félix, publicada por Jus.
Geney nos había sorprendido con El sueño no es un refugio sino un arma, un lúcido libro de ensayos...





viernes, 22 de enero de 2010








Textual, una nota publicada hace cuarenta años:


Sábado 18 de julio de 1970

EL SIGLO DE TORREÓN


Otro golpe a los narcotraficantes en esta ciudad

 

Aprehenden a la hija del Güero Chon

y a otra mujer.- Crimen aclarado.

 

Torreón, Coah.- Gracias a una coordinada investigación, la policía local logró detener a dos miembros más de una bien organizada banda de narcotraficantes que desde hace tiempo venía operando en gran escala en esta comarca y que era dirigida desde el interior de la cárcel local, por los tristemente célebres traficantes de estupefacientes J. Encarnación Alvarado (a) “El Güero Chon” y Adolfo Quezada Vázquez, y además logró el esclarecimiento de un crimen registrado en Matamoros Coah., hace ocho años.

El comandante de la policía, Capitán Manuel Calero Salazar, que fue quien encabezó la investigación, junto con el Jefe del Servicio Secreto, sr, Ismael de Anda, y el jefe de grupo J. Isabel López Esquivel, informó ayer de la detención de la hija del “Güero Chon”, Elisa Alvarado Domínguez, de 33 años de edad, y de la esposa de Quezada Vázquez, María Reyes Cereceda de Quezada, que eran quienes, siguiendo instrucciones de sus respectivos familiares continuaban con el tráfico de estupefacientes.

La madeja de este caso tuvo su origen en la detención, llevada a cabo la semana pasada, del cargador Inés Ruiz Esparza y del albañil Pedro de la Rosa Silva (cuñado de Elisa) en cuyo poder se encontraron treinta y cinco kilos de mariguana “en greña”, lo que llevó a la policía a ahondar en sus investigaciones, pues de antemano suponía que todo aquello podía tener relación con alguna banda bien organizada de narcotraficantes, como así sucedió al llegar a la punta de este enredo.

Además, al ahondarse en principio las investigaciones y someterse a estrechos interrogatorios a Ruiz Esparza y De la Rosa Silva, la policía logró aclarar que éste último, en agsto de 1962 dio muerte al campesino Gilberto Sifuentes Ramírez en el poblado de Congregación Hidalgo, Municipio de Matamoros, Coahuila.

Origen de la investigación

A principios de la semana pasada, el Jefe de los Servicios Secretos, sr. De Anda, y el agente López Esquivel, entre otros, lograron detener a Ruiz Esparza y De la Rosa Silva, incautando en esa ocasión dos costales conteniendo no menos de treinta y cinco kilos de maléfica yerba, que se encontraba empaquetada en bolsas de polietileno.

En su descargo, De la Rosa Silva al ser interrogado declaró a la policía que la mariguana se la había dado a guardar días antes su cuñada Elisa, por lo que los agentes enfocaron sus pesquisas hacia ella, pero sin lograr de momento resultados positivos, pese a que se sabía que no había abandonado la región.

A mediados de la presente semana, Elisa promovió una demanda de amparo ante el Juzgado de Distrito en La Laguna contra la orden de aprehensión, que, afirmaba, sabía que existía en su contra.

En el Juzgado de Distrito se dio entrada a la demanda e inclusive se concedió a la promoviente, que tiene su domicilio en la calle 18 número 1704 norte de esta ciudad, la suspensión provisional de los actos reclamados, pero sin notificarse de momento oficialmente a las autoridades señaladas como responsables.

En consecuencia, la policía que por su parte continuaba con la pesquisa de la hija del Güero Chon logró saber que ésta se hallaba oculta con unos familiares que radican en el ejido Congregación Hidalgo, y hasta allá se dirigieron la mañana del pasado miércoles.

La detención de Elisa se efectuó a las nueve de la mañana del miércoles, conduciéndosele a la jefatura de los Servicios Secretos, y dos horas después, esto es a las 11 de la mañana, la Comandancia de Policía recibió la notificación de la demanda de amparo promovida por aquella, que ya estaba tras las rejas.

Denunció a su otra cómplice

Durante la mayor parte del miércoles Elisa estuvo sujeta a estrecho interrogatorio y fue así como terminó por confesar sus actividades que, dijo, se veía precisada a llevar a cabo por indicaciones de su padre “El Güero Chon” y al mismo tiempo mencionó a María Cereceda de Quezada como la persona  que la “surtía” de la maléfica yerba, esta última acatando instrucciones de su esposo Adolfo Quezada Vásquez.

Elisa, quien dijo ser “una víctima de las circunstancias” e “instrumento” de su padre para proseguir el tráfico de estupefacientes a pesar de que “El Güero Chon” se encontraba desde hace tiempo recluido en la cárcel local, relató a la policía y reporteros la forma en que operaba la banda.

Declaró que desde el interior del penal, tanto su padre como Quezada Vásquez les hacían llegar a ella y a María las instrucciones sobre a quién debían venderle la mariguana, así como el precio que deberían cobrar por la misma.

Elisa mencionó que para surtirse de la maléfica yerba periódicamente iba a casa de María, que vive en la colonia Francisco González de la Vega (o) “El Cinco”, de Gómez Palacio.

Cuando por alguna circunstancia no contaba de momento con existencias de mariguana, ambas se trasladaban hasta un rancho cercano a Gómez Palacio sobre la carretera a Francisco I. Madero, allí se abastecían de la cannabis.

Después de eso, Elis se traía la mariguana a su domicilio en esta ciudad, en donde se encargaba de venderla, a razón de seiscientos pesos el kilo, sin expender “carrujos” debido a que no sabía cómo elaborarlos ni la cantidad que deberían llevar.

Posteriormente, y ello ocurría regularmente cada ocho o quince días, María enviaba a una persona a casa de Elisa para que ésta le entregara parte de las ventas de la mariguana, y el resto, dice la declarante, que se lo hacía llegar a su padre y a Adolfo.