miércoles 7 de octubre de 2009

Funeral de Edgar A. Poe

Edgar Allan Poe, maestro del terror gótico y fundador del género policiaco, ha sido celebrado este año en varias ciudades con motivo del bicentenario de su natalicio. El domingo, en Baltimore, le harán el funeral que nunca tuvo.
Menos de 10 personas asistieron al funeral de Poe cuando éste murió en octubre de 1849 a los 40 años. Su primo, Neilson Poe, nunca anunció públicamente el deceso del gran escritor. Debido a un intenso interés, Baltimore celebrará dos funerales. Se espera que cada uno atraiga a unas 350 personas al Westminster Hall, la otrora iglesia adyacente a la tumba de Poe, de acuerdo con información difundida por la agencia noticiosa AP.
Actores interpretarán a amigos y contemporáneos del autor así como a escritores y artistas que citaron a Poe como una influencia (esta lista es, en realidad, interminable). Asimismo, la Casa y Museo de Poe también realizará el miércoles un velatorio con una réplica del cadáver de Poe.
Con "Los crímenes de la calle Morgue", Poe encontró una veta literaria que llega hasta nuestros días, conocida como el enigma de cuarto cerrado: se encuentra un cadáver en una habitación cerrada, sin muestras de que alguna puerta o ventana hubiera sido violentada, y sin enmargo, debido a las características físicas que presenta el cuerpo, queda descartado el suicidio. Así, de la mera crónica de nota roja se pasa a un desafío que implica usar recursos de lógica, habilidades literarias y vastos conocimientos generales para responder a la pregunta: ¿Quién pudo cometer el crimen?
Nuestra cotidianidad da para algunas variaciones del misterio que, si bien no han entrado por la puerta grande en la historia de la literatura, sí se han convertido en clásicos del periodismo por su calidad de enigmas insolubles:

*El misterioso asesinato del candidato presidencial en un acto de campaña.
*La muerte de un alto miembro de la iglesia que es confundido con un capo del narco.
*El asesinato de periodistas por entes que se esfuman y nadie sabe quiénes son.

domingo 27 de septiembre de 2009

Quién los entiende


Quién los entiende. El clero mexicano se pronuncia por tener un lugar dentro de los festejos del Bicentenario de la Independencia, alegando que don Miguel Hidalgo y José María Morelos fueron sacerdotes. Ya se les olvidó que ambos fueron expulsados de la Iglesia y excomulgados. Que ambos fueron repudiados por la Iglesia, humillados públicamente, negados, que sus palabras fueron contradichas. Pareciera que quieren la gloria de forjar héroes, líderes, pero no la responsabilidad de ser actores decisivos en la historia. 
     El jueves, durante la Jornada Académica llamada “Independencia e Iglesia”, el Arzobispo de Morelia, Alberto Suárez Inda, dijo que “las circunstancias preocupantes, dolorosas que vivimos, nos exigen un nuevo empeño para romper las cadenas de la injusticia, y para superar los miedos que nos paralizan”. Pero después se cuidó de agregar: “hoy estamos convencidos de que a los sacerdotes no nos corresponde un liderazgo social; nuestra labor como iglesia es formar conciencia. Otra de nuestras responsabilidades sería fomentar la paz, la concordia y el respeto a la vida…”. 
      Reproduzco aquí una parte del Edicto que lanzó el Santo Oficio de la Inquisición contra don Miguel Hidalgo, acusándolo de hereje y revoltoso. Este documento fue colocado en la entrada de todos los templos para fomentar la paz
“... y habéis hablado con desprecio de los Papas y del gobierno de la Iglesia, como manejado por hombres ignorantes de los cuales uno que acaso estaría en los infiernos, estaba canonizado (…) negáis la perpetua virginidad de la Virgen María, adoptáis la doctrina de Lutero en orden a la divina Eucaristía y confesión auricular, negando la epístola de San Pablo a los de Corintio, y asegurando que la doctrina de este sacramento está mal entendida, en cuanto a que creemos la existencia de Jesucristo en él. (…) Hicisteis pacto con vuestra manceba para que os buscase mujeres para fornicar y para lo mismo le buscaríais a ella hombres, asegurándola que no hay infierno ni Jesucristo (…) vuestra impiedad represada por el temor, ha prorrumpido como un torrente de iniquidad en estos calamitosos días, poniendo a la frente de una multitud de infelices que habéis seducido, y declarando la guerra a Dios, a su santa religión y a la patria, con una contradicción tan monstruosa que predicando según aseguran los papeles públicos, errores groseros contra la fe, alarmáis a los pueblos para la sedición con el grito de la Santa Religión, con el nombre y devoción de María Santísima de Guadalupe y con el de Fernando Séptimo, nuestro deseado y jurado Rey...”. 
      Quién los entiende.

domingo 20 de septiembre de 2009

La conciencia imprescindible




El jueves a las siete de la tarde se presentará en el Museo del Estanquillo (Isabel la Católica 26, esq. con Madero, en centro histórico de la ciudad de México) el libro La conciencia imprescindible, número 369 del Fondo Editorial Tierra Adentro. Este libro contiene 16 ensayos acerca de la obra de Carlos Monsiváis, producto de la pluma de igual número de jóvenes autores.
El volumen ha sido compilado y muy bien prologado por Jezreel Salazar.
Tomo esa presentación como pretexto para subir un trabajo periodístico que fue publicado originalmente en 2002. Se trata, en realidad, de una charla de aeropuerto: el primero de mayo de ese año yo tenía programado un viaje de Santiago de Chile a Montevideo. No sé por qué razón los vuelos estaban suspendidos, y en las salas de espera se apiñaban grupos de turistas de varias nacionalidades. Aquello era una babel & duty free. Eso propició, de algún modo, que apareciera en el sitio el maestro Carlos Monsiváis. Había en la atmósfera la incertidumbre suficiente como para hacer una entrevista que se titulara:

Del caos y otros tópicos mexicanos

Algunos de los rincones preferidos del caos son los pasillos del aeropuerto Pudahuel, en Chile. Llega uno allí y se instala en un remolino de maletas y altavoces, de alfombras y pasaportes perdedizos y no es raro confundirse no sólo de nacionalidad, sino de idioma. Entonces aparece como un remanso de papel una librería que nos salva del laberinto de pantallas y de la estampida
de turistas. Precisamente adentro, interrogando las carátulas de los libros, está uno de los principales intérpretes del caos, de ese caos cotidiano, muy nuestro, muy mexicano: el maestro Carlos Monsiváis. En la quietud resguardada por los volúmenes en venta iniciamos una conversación de libros, de caos y otros tópicos nacionales:
VA: Quisiera saber...
CM:(Se adelanta y responde) ¿Cómo visualizo el año 2030? Bien... en el año 2030 una persona solitaria irá a donde estén depositados mis restos, verá mi nombre y se preguntará quién fui. Eso ya es un pronóstico, un vaticinio absolutamente seguro para el año 2030.
VA: Bueno, aparte de sus restos físicos, va a quedar la herencia de sus libros. Quisiera abordar ese tema, concretamente el Nuevo Catecismo para Indios Remisos... ¿cómo surge un libro así? CM: Me pide el pintor oaxaqueño Francisco Toledo que le haga nueve textos que acompañen a nueve grabados hechos por él a partir de grabados del siglo dieciocho que él retoca, transforma, erotiza, canibaliza, como se quiera decir. Veo los grabados de Toledo que son absolutamente maravillosos y decido que no puedo escribir algo que intente la prosa poética porque me queda muy lejos o simplemente acabaría siendo falso o churrigueresco. Entonces opto por fábulas y escribo nueve fábulas que Toledo considera aceptables y se hace una edición de veinticinco ejemplares que ahora es una rareza muy cara, no por mí.
VA:¿Cuál es la historia de las ediciones posteriores?
CM: Teniendo los nueve textos empiezo a engolosinarme con la idea de cómo pudo haber sido el Virreinato. Una esencia delirante tal vez parcialmente satírica pero sobre todo delirante de lo que pudo haber sido el Virreinato y de lo que pudo haber sido ese congreso interminable de apariciones, vírgenes, pecados, inquisidores, monjes, curas; transgresores voluntarios e involuntarios de una fe que se conocía muy de lejos, muy entre broma con todo y las apariciones de la virgen de Guadalupe ante el entonces to- davía no santo Juan Diego. El libro va creciendo hasta llegar a 40 fábulas y lo publico en Siglo XXI. Luego, como suele suceder, lo reviso, lo encuentro fallido, con cosas muy obvias, lo rehago para una segunda edición en CONACULTA, prescindo de una fábula por completo porque era un plagio involuntario, incorporo diez más y luego Vicente Rojo que es un pintor extraordinario, un gran amigo, me dice que por qué no lo publico en Era, ya que la edición en CONACULTA es de plazo fijo. Vuelvo a rescribirlo por tercera y espero última vez. También suprimo una, incorporo otra, en fin Vicente Rojo dice que José Emilio Pacheco y yo no somos escritores sino reescritores y yo creo que más o menos así debe ser todo mundo. Admiro muchísimo a los que sólo lo hacen una vez y no vuelven obsesiva, maniáticamente y homicidamente a sus textos. El libro ahí está y lo que puedo alegar en su... (hace una pausa) no sé si en su defensa, es que la idea de disponer de un Virreinato para mí solo, compartido en la medida en que alguien deseara hacerlo, me divirtió muchísimo. Creo que si no fueron así las cosas, muy probablemente así debieron ser en un nivel, y el acercarme al deber ser me parece regocijante como creyente y como no creyente, en mi caso no soy creyente, pero la idea de visualizar un Virreinato que es al mismo tiempo nuestra edad media y nuestro ingreso a los preámbulos de la modernidad es una fábula deleznable pero a mí me interesó. Me responsabilicé de su publicación y ahí está.
VA: Hablemos de otra de sus creaciones, acaba de decir que se considera un reescritor. Me gustaría que abordara bajo esta idea Los rituales del caos. El caos, a pesar de ser caos no es siempre el mismo. ¿Cómo ve usted el caos en el que vivimos en este momento los mexicanos? CM: Bueno, el caos que yo intenté describir era un caos plácido al lado de lo que se está viviendo. Era una etapa todavía, digamos, conformista del caos. Ahora tenemos el caos insurrecto, en todos los sentidos. Ya lo era hace diez años, pero ahora es simplemente una conflagración, y de pronto es un caos que se anula a sí mismo y se vuelve el orden de la demolición. Cuando uno ingresa a cualquiera de los embotellamientos de la ciudad de México, ya no está en el caos, ya está en el genuino cementerio de automóviles que se desplaza a velocidad mínima y en donde ya está todo perfectamente ordenado. La histeria del automovilista, la imposibilidad de llegar a tiempo al lugar que sea, la sensación de prisiones semimóviles, etcétera. Entonces el caos que intenté describir en el libro es todavía -en relación con el actual- es todavía un caos meditabundo.
Ahora, si hablamos del gobierno, el del PRI era aun caos programado para el saqueo. Estoy
generalizando y estoy siendo muy abrupto, pero ellos no lo fueron menos y lo que se está viendo ahora es una demolición de los respetos y también de la falta de respetos. Durante mucho tiempo se pensó que el presidencialismo era ya casi la segunda naturaleza del mexicano, en la medida en la que había una interiorización de la obediencia, del respeto, del pasmo ante las figuras que se presentaban desde la primera magistratura. Ahora sobrevino la caída del presidencialismo: el licenciado Francisco Labastida no resultó el candidato que el PRI necesitaba, el PRI no resultó el partido que el PRI necesitaba, los votantes no resultaron los votantes que se requerían para perpetuar un orden ya inadmisible. A lo que se llegó fue al principio de la caída del presidencialismo y todos pensamos que Vicente Fox, -al que yo le atribuía una serie de virtudes pospuestas y de defectos en pleno ejercicio,- iba a ser un presidente de transición, pero no: me quedé absolutamente corto. Me vi una vez más como una persona bondadosa, incapaz de pensar mal de nadie. Lo que hemos visto es algo, no diré que apocalíptico para no darle un sentido visionario a lo que se está viviendo, pero si tenemos que escoger un adjetivo, elijo el de moda : lamentable. El presidente Fox no entiende bien a bien las funciones de gobierno. No entiende bien a bien el lenguaje público, no entiende bien a bien qué es lo que está haciendo en la presidencia. Eso acaba con la falta de respeto, porque decir que uno no le tiene respeto a las funciones presidenciales, ya en este momento es no decir absolutamente nada.
El asunto se ha ido muchísimo más allá: lo que estamos viendo es un gobierno que se desarticula a diario, un poder legislativo que sólo vive a base de gestos memorizados y luego olvidados por generaciones muy anteriores, un poder legislativo que se rinde ante la omnipotencia de Fidel Castro, sin tomar en cuenta absolutamente nada de lo que Fidel Castro está diciendo. Están oyendo estos diputados que Fidel Castro dice -ciento veinte diputados estaban en la Habana, además- que los partidos no sirven y que lo que sirve es una democracia que incorpore la voluntad del pueblo a través de una representación única y los ciento veinte diputados aceptan ese elogio grandilocuente al partido único. El señor Castro desde la Habana pontifica que nadie le hace caso a la oposición y los diputados y senadores de oposición que han estado defendiendo con ardor la causa de la intangibilidad, la perfección de Cuba, aplauden al hecho de que les diga que no existen, porque la democracia capitalista es una falacia y ellos son la parte rencorosa y falsamente manumisa de esa falacia. Todo eso resulta inconcebible, me resulta inconcebible el tiempo que se le dedicó a un diálogo, y de nuevo extraigo el adjetivo lamentable entre el presidente Vicente Fox y el comandante Fidel Castro. El presidente Fox no estuvo en su mejor momento y yo creo que a todos nos preocupa saber cuándo llegará la posibilidad de saber cuál es ese mejor momento. El comandante Fidel Castro mostró estrictamente lo que es un dictador. Alguien que puede decir: “si me demuestran que miento, yo renuncio a mis cargos”, como si sus cargos fueran propiedad suya y no de la gente que supuestamente representa, que supuestamente en algún nivel lo eligió. Todo me ha parecido disparatado pero en la medida que vivo en México y ostento esa na- cionalidad, tengo que decir que lo que está pasando con el gobierno me preocupa muchísimo, porque no veo sentido y dirección. Veo una derecha muy alborotada creyendo que puede regresar como si nada al siglo dieciocho, veo una izquierda despedazada, porque no se ha repuesto de la caída del muro de Berlín y todavía no sabe qué era lo que creía cuando cayó el muro.
VA: ¿Y cuál sería el papel de la población en este caos?
CM: Veo una ciudadanía acongojada, porque ya sus referentes políticos no están y porque todavía no instala los nuevos porque la situación económica es lamentable ¿por qué no se están discutiendo los gravísimos problemas ecológicos, para empezar el del agua y por qué y por qué, por qué? Las preguntas nos hacen ver que el caos que habíamos conocido era, insisto, un caos a fin de cuentas si no entendible, si asimilable en la medida que uno sabía que la edad promedio puede ser setenta y cinco, ochenta años... lo que sea. Todas las fórmulas de la consolación, o que bueno: mi hijo aprenderá a vivir con escamas: pero el caso es que yo estoy preocupado como ciudadano viviendo en la ciudad de México, donde los momentos mas esperanzadores son cuando uno cierra la puerta de su casa y sabe que por lo pronto no lo asaltaron en el trayecto. También por lo pronto un señor, empuñando un revólver se metió a su casa aprovechando un descuido. Esta paranoia, esta locura de sentirse perennemente asaltado, aunque por fortuna no le ocurra a la mayoría, es parte de la nueva administración idiomática del caos. ¿Adónde va a ir todo esto? No lo sé, pero hace un rato usted me declaró gurú y yo tenía necesidad de honrar el título, me metí en un laberinto de interpretaciones y quejas que es propio de los gurús. Muchas gracias.
De un caos a otro, un maletero pasa cerca de nosotros y la voz impersonal que emana de una bocina nos convoca a tomar un avión. Entonces nos despedimos de este exégeta del caos, compartiendo la incertidumbre por el futuro nacional, y con la nostalgia inevitable que sentimos los mexicanos cuando estamos lejos de nuestra tierra.


jueves 3 de septiembre de 2009

Amenazas, periodismo y Pretexta


La semana pasada la organización Reporteros sin Fronteras (RSF) denunció que México y Sri Lanka son los países más afectados por las desapariciones de periodistas desde el año 2000. Por mera coincidencia, el mismo día se cumplieron 30 años de la aparición de Pretexta, novela de Federico Campbell que reflexiona acerca de los terrenos que comparten la historia, el periodismo y la literatura.
La novela es protagonizada por Bruno Uribe, un joven aspirante a escritor. Bruno sobrevive haciendo crónicas de lucha libre a pesar de que nunca ha asistido a alguna, y no le importa robar o inventar el material que publica en periódicos dudosos: inventa entrevistas con políticos, con actrices, con luchadores. De allí que él se llame a sí “el cronista enmascarado”.
Con un lenguaje crudo, eficaz, Federico Campbell nos cuenta cómo Bruno es contratado para hacer un libelo en contra de un viejo maestro universitario, Álvaro Ocaranza, para neutralizarlo como miembro de la oposición política. La materia que Ocaranza imparte es Historia del Teatro.
Amparado por el anonimato, da rienda suelta a sus demonios para construirle un aberrante pasado a su maestro. Se trata de pisotear su dignidad y por lo tanto su credibilidad. Así, su máquina de escribir se convierte en un arma. En esta ocasión el orden de los factores sí altera el producto: si Álvaro Ocaranza se dedica a la Historia del Teatro, Bruno se dedica al Teatro de la Historia.
Campbell narra cómo el viejo maestro Ocaranza, que en algún momento también ejerce el periodismo, es “levantado” para intimidarlo y para fabricarle pruebas que lo incriminen en hechos vergonzantes. De este modo los periodistas son, en esta magistral novela, víctimas y verdugos al mismo tiempo.
Asombra la actualidad que Pretexta acusa. Hoy, que a cada paso de la vida nacional nos enfrentamos a hechos crudos que resultan difíciles de interpretar, esta novela es, para decirlo con una definición de Mario Vargas Llosa, “una mentira que encubre profundas verdades”.
Pretexta es una novela que se caracteriza porque muy pocas veces se solucionan los misterios. Las historias del México actual que Campbell consigna en este libro están llenas de vacíos e interrogantes porque en la vida real no existen certezas completas, perfectas.
Seguimos preguntándonos quién ordenó las muertes de Luis Donaldo Colosio, de Francisco Ruiz Massieu, del cardenal Posadas Ocampo. Seguimos esperando que se proceda contra los autores intelectuales de los asesinatos de periodistas como Héctor “el Gato” Félix, codirector del semanario Zeta, acribillado en Tijuana la mañana del 20 de abril de 1988. O Manuel Buendía, ejecutado en la avenida Insurgentes de la capital durante la noche del 30 de mayo de 1984.Así, con asombro llego a una de las muchas preguntas que brotan de la lectura de Pretexta: ¿Cuántas veces, en los últimos treinta años, las atrocidades que leemos aquí como ficción han ocurrido realmente?

viernes 28 de agosto de 2009

El sueño no es un refugio sino un arma


Este nuevo libro de ensayos de Geney Beltrán Félix, El sueño no es un refugio sino un arma, acaba de aparecer publicado en el catálogo de la UNAM, con el sello de la Dirección de Literatura. Pronto, en librerías.

lunes 24 de agosto de 2009

Deudas históricas


La deuda pública y la historia se entrelazan: a principios del siglo XX, amparada en un documento firmado por Hidalgo casi cien años antes, la señora Ana Galván, joven viuda del último descendiente de Mariano Abasolo, gestionó el reconocimiento y pago de una fuerte cantidad de dinero como parte de una deuda pública contraída por el Cura Hidalgo durante la lucha de Independencia. Las gestiones, dirigidas por los señores Luis G. Lizardi y Luis G. Labastida, terminaron en el pago de la deuda por parte del gobierno de Porfirio Díaz.
No es el único caso: En 1822, la señora María Antonia Morelos pidió al entonces emperador Agustín I una pensión en recompensa de los servicios prestados a la patria por su hermano, derecho que también fue reclamado por Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural de Morelos producto de sus amores oscuros con la señora Brígida Almonte. Meses más tarde, la señora María Victoriana Bretadillo se presentó ante el mismo emperador con seis documentos que la acreditaban como la viuda de Juan José Martínez, alias El Pípila, a solicitar una indemnización por parte del gobierno.
De hecho, un decreto presidencial del 19 de julio de 1823 ordena otorgar pensiones a los padres, mujeres e hijos de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, José Ma. Morelos, Mariano Matamoros, Leonardo y Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, Mariano Jiménez, Francisco Javier Mina, Pedro Moreno y Víctor Rosales.

lunes 20 de julio de 2009

Laurita Suárez vuelve a morir...

Hace unos días me llegó un ejemplar de la nueva edición de Partitura para mujer muerta. Esta novela, lanzada en abril del año pasado por la editorial Random House Mondadori, dentro de la colección Literatura Mondadori, ganó el Premio Nacional de Literatura Policiaca, que tiene la particularidad de ser un premio de novela policiaca convocado por un Departamento de Policía (además del Gobierno del Estado de Veracruz y del CONACULTA). Hoy vuelve a rodar por callejones y librerías con una portada distinta, pero dentro de la misma colección. Gracias a todos los cómplices de este crimen. 

viernes 26 de junio de 2009

Espeluznante

 ¿Sabe quién fue Rod Temperton? ¿Sabe quién fue Quincey Jones? ¿Y sabe quién fue Michael Jackson? Los tres son nombres claves para la industria discográfica norteamericana (y mundial) en 1982 con “Thriller” un álbum del que se ha hablado mucho desde entonces, pero sobre todo en los últimos días.

A raíz de la muerte de Michael Jackson, los medios de comunicación han resucitado el video de esta canción, quizá el primero que se arriesgó a una duración que en términos de mercado se considera larga.

En el video, Jackson encarna a dos figuras heredadas del imaginario romántico que subsisten dentro de la mitología taquillera de las películas de horror: el hombre-bestia y el muerto-vivo.  En 1982 yo tenía cinco años, y recuerdo haber visto, entre el susto y la excitación, el video del cantante que hacía bailar a los jóvenes.

Resulta paradójico que en los ultimos días, el intérprete de canciones como “Billie Jean” “Keep the Faith” o “Smooth Criminal” haya vuelto a representar –lo más seguro es que contra su voluntad– el papel de muerto viviente que le valió tener bajo el brazo el disco más vendido de la historia.

Criticado por muchos, acusado de delitos como fraude y pederastia, admirado también por muchos y conocido prácticamente por todos, Michael Jackson ha sido un muerto viviente debido al mismo mal que le aquejó durante buena parte de su vida: el asedio mediático.

¿Hasta qué punto somos, como sociedad, responsables del personaje tan lleno de claroscuros (y lo digo sin ironías) que Jackson llegó a ser? ¿No eran sus arranques parte de un sistema de adicciones que alimentaban los mismos medios de comunicación, siempre hambrientos de escándalos y notas?

Lo mejor que hizo Michael en vida fue lo que lo llevó a la fama: era un excelente intérprete y un bailarín preciso, y no hay que rascar mucho para ver que le apasionaba su trabajo. Pero la excesiva notoriedad se convirtió también en un estigma. Una suerte de maldición.

Sería interesante hacer un ejercicio y pensar qué encontrarían los medios de comunicación en cada uno de nosotros si de pronto fuésemos blanco de los flashes y las grabadoras por uno solo de los aspectos de nuestra vida. Nuestros defectos, nuestros vicios secretos, nuestros conflictos heredados de la infancia serían el tema de conversación de miles de millones a quienes no conocemos, a quienes sólo debería importarles lo mejor que tenemos que ofrecer de nosotros mismos. Pero como aquellos zombies hambrientos de carne, los medios suelen buscar también el lado oscuro de cada personaje (otra vez, sin jiribilla).

Las canciones que todos coreamos en 1982 fueron compuestas por Rod Temperton, y producidas por  Quincey Jones. Ellos no dieron la cara, Michael Jackson sí. Y a partir de entonces, su vida se convirtió más que nunca en un espeluznante tobogán de notoriedad, de excesos, de extravagancias. También de buenas canciones. Lo triste de todo es que, como en aquel viejo video, ni muerto descansa en paz.