jueves, 15 de abril de 2010

La muerte todos los días




Mucho se ha hablado y se ha escrito de nuestra relación con la muerte. Al tema se acercan, por ejemplo, Octavio Paz y Carlos Fuentes. Pero nos enfrentan, en la mayoría de los casos, con muertes abstractas: entidades cubiertas de gloria, olorosas a patriotismo. La semana pasada hablé ya de esta visión.
En esta ocasión quiero referirme a otros muertos más cotidianos: los que habitan las páginas de la nota roja. Cadáveres que nos provocan una mezcla de fascinación y miedo: historias sueltas, víctimas de su silencio. No es la historia colectiva –esa triste fosa común– la que nos cautiva: son los cadáveres anónimos, los cuerpos descompuestos de aquellos que vivieron sólo para cumplir con el requisito de la muerte. Una bomba israelí mata a trescientos civiles en Gaza y pocos leen la nota; un tipo corta en pedazos a su novia, la mete al refrigerador y tiene al país completo en vilo.
¿Qué sucede? ¿Por qué nos seduce leer cómo murieron personas que vivas quizá jamás llamarían nuestra atención: el inmigrante partido por el tren, la prostituta violada y acuchillada en la vía pública, el cabo acribillado en su día de descanso?
Alguna vez tuve que hacer una nota acerca de un sexagenario que murió de un infarto en un cine porno. Horas después me contactaron un par de jóvenes que trataban de cubrir la honra de su abuelo: pedían que no se publicara nada. Si bien es cierto que en ese cadáver no había enigma, ni sorpresa, ni duda que le diese a la escena el carácter de desafío intelectual, pocos negarán que la historia es atractiva.
¿Por qué nos atraen tanto esas historias? Tengo mi hipótesis. La muerte posee extrañas cualidades: es al mismo tiempo nuestra mayor duda y nuestra mayor certeza. Es duda porque nadie sabe con seguridad qué día ni en qué condiciones morirá; es certeza porque todos sabemos que algún día hemos de morir. Dos bocados demasiado grandes como para digerirlos así nomás. Nos asomamos a la muerte igual que el niño que no sabe nadar mete, fascinado y temeroso, un pie a la alberca.
La mejor explicación de este fenómeno me la dio hace tiempo el maestro Rubén Bonifaz Nuño, uno de los más grandes poetas mexicanos. Luego de una fructífera charla en la que insistió en la necesidad de forjar una poesía anclada en la alegría y el gozo, le pedí que me dedicara uno de sus libros. Lo único que el octogenario maestro hizo fue trazar en el libro una temblorosa calavera azul. Le pregunté entonces por qué firmaba de ese modo si no le gustaba la muerte. Su respuesta fue contundente, inolvidable: “para irme acostumbrando”.

1 comentario:

Elena Flores Félix dijo...

Anécdota imprescindible.