martes, 28 de septiembre de 2010

Un cuento verdadero



En 35 años de dictadura porfirista, aparecieron en nuestro país 2,579 periódicos. De éstos, poco más de dos mil se imprimían en los estados y el resto en la Ciudad de México. Se trata de una cifra engañosa que puede lanzarnos a pensar en un periodo de tolerancia a la crítica y en libertad de opinión.

Si en sus primeros años de gobierno Porfirio Díaz se mostró abierto a la crítica, a medida que su poder se consolidaba respetó cada vez menos a los periodistas. En 1883 Manuel González, el compadre de don Porfirio que gobernó de 1880 a 1884, canceló el llamado “fuero del periodismo”, que entre otras cosas contemplaba la creación de tribunales especiales para juzgar los llamados “delitos de imprenta”. Así se inauguró formalmente un periodo de férrea censura contra los periodistas de oposición: registros de la época consignan confiscación de prensas y útiles de trabajo, persecución a editores, impresores, cajistas y correctores, encierro por difamación e incluso asesinatos. Se dice que Daniel Cabrera, fundador del periódico satírico El hijo del Ahuizote, fue arrestado más de cien veces. Ser periodista independiente implicaba trabajar en la clandestinidad.

Amordazados los periódicos, los testimonios de la época sobrevivieron en un caldo conformado por historias que corrían de boca en boca, documentos legales, archivos familiares y obras literarias que aguardaban mejores tiempos para su publicación. La certeza era –como es hoy– una flor rara. Frente a una historia sorprendente, casi siempre surgía quien afirmaba lo contrario. Así, la verdad y la ficción se entreveraron y rodando en el tiempo, se amalgamaron en el crisol de la imprenta. Por eso para esta columna, más que seleccionar ejercicios de rigurosa documentación, he escogido una invención literaria que nació en aquellos tiempos. Un testimonio que es al mismo tiempo un ejemplo de nuestra mejor literatura.

Publicado en 1926, señalado por muchos como el mejor libro de crónicas de la revolución mexicana, El Águila y la serpiente es un libro en el que Martín Luis Guzmán plasma sus correrías revolucionarias por el norte del país. Está escrito desde la perspectiva de un “corresponsal de guerra” que acompaña al ejército villista con acceso a los altos jefes, y con libre tránsito por cuarteles y oficinas.

Efectivamente, Martín Luis Guzmán acompañó durante años al ejército villista. Pero la realidad acerca de cómo se escribió este libro es muy distinta. Como señala María del Carmen Millán: “esta reproducción tan minuciosa de retratos, paisajes y escenas de la Revolución no es producto de notas tomadas al pie de los hechos, sino el resultado de una reconstrucción creadora, de una recreación literaria apoyada en elementos vividos con la intención de poner en claro conceptos válidos y necesarios para mejor comprender nuestra realidad histórica”.

Un ejemplo claro de esto lo hallamos en el capítulo titulado “La fiesta de las balas”, que comienza: “Atento a cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba yo en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo la División del Norte: si las que se suponían estrictamente históricas, o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como algo visto dentro de la más escueta realidad, o las que traían ya tangibles, con el toque de la exaltación poética, las revelaciones esenciales. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mi juicio, eran más dignas de hacer Historia”.

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