martes, 2 de diciembre de 2008

Descanse en paz Enriqueta Ochoa


Ayer falleció la maestra Enriqueta Ochoa, poeta esencial de México. Reproduzco aquí la entrevista que le hice en mayo pasado, un par de días antes de que le entregaran la medalla Bellas Artes, y que se publicó en Torreón -ciudad natal de la maestra, y mía también- el 18 de mayo:


Enriqueta Ochoa se interna en sus memorias
Por Vicente Alfonso


"Cuando vivíamos en Rabat, la capital de Marruecos, escondía los poemas porque tenía miedo de que mi esposo los rompiera. En ese tiempo se decía: ésta es mi mujer, es mía y no puede ser ni para la poesía ni para nada. A veces él me encontraba escribiendo y para que no se enojara le leía lo que había escrito, hasta que opté por ocultar en el jardín de la casa los poemas: cada vez que escribía uno lo arrugaba y lo enterraba. Se me quedaron muchos poemas enterrados en los jardines de Marruecos”, recuerda Enriqueta Ochoa en voz alta.Pausadamente, con la emoción salándole cada palabra, la maestra recuerda cómo literalmente ha sembrado poesía en al menos tres continentes. Con ochenta años recién cumplidos se interna en sus memorias. El pretexto, si se necesita un pretexto para conversar, es que el domingo 18 recibirá la Medalla Bellas Artes como homenaje a su brillante trayectoria. A los festejos se ha sumado el Fondo de Cultura Económica, que acaba de sacar de las prensas un volumen de más de cuatrocientas páginas que contiene la poesía reunida de la maestra, en una celebración en la que han brillado por su total ausencia las instituciones de Torreón.
Pionera en la lucha por los derechos de las mujeres, viajera constante, estudiosa infatigable, Enriqueta Ochoa ha tenido una relación intensa con su ciudad natal. Fue en Torreón donde su primer poemario, Las Urgencias de un Dios, fue condenado por la Iglesia desde su salida en 1950: para muchos era difícil entender que una muchacha de 19 años se atreviera a hacer poesía a partir de misterios religiosos. Hubo incluso quienes llegaron a exigir que la edición completa de aquel libro se quemara públicamente, mismos que intentaron sobornarla para que se alejara de esos temas en la literatura. Pero la joven Enriqueta no se arredró y a ese primer trabajo le siguieron muchos otros: Los Himnos del Ciego (1968), Las Vírgenes Terrestres (1969), Cartas para el Hermano (1973), Bajo el Oro Pequeño de los Trigos (1984), Retorno de Electra (1987), Manual de Poesía (1992) y Asaltos a la Memoria (2005).Cincuenta y ocho años después, los homenajes y distinciones se multiplican y es ubicada por la crítica junto a Jaime Sabines, Rubén Bonifaz Nuño y Rosario Castellanos. Por las profundas reflexiones contenidas en su obra, ha sido emparentada con José Revueltas y hasta con Dostoyevski. Además es reconocida como influencia por poetas de la talla de Eduardo Langagne, Esther Seligson y Hugo Gutiérrez Vega, entre muchos otros.
Sin embargo Torreón, su tierra, parece negarle el lugar que por derecho tiene en la literatura mexicana: salvo sostener el Premio Nacional de Poesía que lleva su nombre, muy poco han hecho las actuales Autoridades de Cultura en el Ayuntamiento por promover su obra y por ayudar a la maestra a sobrellevar las dificultades de su edad.Doña Enriqueta comenta que jamás ha dejado de sentirse lagunera: “me siento muy feliz de haber nacido en Torreón, de tener todo lo que tuve, que es lo que tienen ahora ellos. Siento que Torreón me ha acogido siempre bien. Si me acogió mal, ya ha pasado mucho tiempo y está olvidado”. Tan es así, que la Comarca y el desierto han sido un disparador de su obra: “La luz de La Laguna fue para mí siempre muy importante. Antes de escribir cualquier cosa, el gran enigma, la gran interrogación era la luz que tenía Torreón. La luz y el desierto estuvieron siempre emparentados, en mi poesía, con Dios. ¿A dónde se van los que quieren santificarse? Pues hacia la luz del desierto. La luz es muy importante para adentrarse en uno mismo y en Torreón la luz es única”.
Arrugar hojas para no tirarlas
La invitación al homenaje de hoy muestra un retrato de la joven Enriqueta sobre un papel arrugado. Y es que además de aquellas que tuvo que enterrar en los jardines de Marruecos, han sido muchas las hojas que la maestra ha tenido que arrebujar con tal de salvar su obra. Recuerda sonriente una anécdota que le ocurrió en Jalapa: “yo me iba a trabajar y ya no me acordaba ni dé qué había escrito ni qué no, ni qué había dejado encima de mi escritorio. Cuesta mucho trabajo escribir un poema para que de pronto llegue alguien que ayuda en la casa, lo rompa y lo tire a la basura. Para que eso no sucediera se me ocurrió tomar los poemas, hacerlos bolita y mezclarlos con las bolas de estambre con las que estaba tejiendo en ese momento. Así salvé todos mis poemas. Recuerdo alguna lectura a la que llegué tarde y me senté ya frente al micrófono a deshacer mis bolitas de papel. Entonces alguien se me acercó y me preguntó: “maestra, ¿no puede leer poemas que no haya arrugado?”.
Por supuesto, aclara doña Enriqueta, no todos los poemas que se arrugan son valiosos: también han sido muchos los versos descartados, muchas las líneas que ha tenido que llevar al yunque para rehacerlas. Por eso asegura que la disciplina es muy importante para convertirse en escritor. Recuerda que su padre la ponía siempre a leer mucho, y que después Rafael del Río –quizá el maestro más influyó en su formación– terminó de forjarle esa disciplina. Con una sonrisa honesta, la autora de Retorno de Electra cuenta que Del Río le exigía que escribiera un soneto diario, y admite que no siempre salía bien librada de la crítica.Quizá por eso, a los jóvenes que aspiran a convertirse en escritores les aconseja que tengan siempre un maestro, alguien que los oriente, que les muestre las tradiciones: “Cuando yo me di cuenta de que para mí era muy importante escribir, que empecé a escribir, ya nunca volví a estar sin maestro. También les aconsejo mucho tesón, mucha disciplina en lo que sea”.
La referencia a los jóvenes no es infundada: a la maestra le gusta leer poesía de última generación. Asegura que se siente más cerca de los jóvenes que de sus contemporáneos. Tan es así que hasta hace muy poco sostenía un taller con cinco miembros que sesionaban en su casa: “antes lo estaba dando los sábados, luego lo cambiamos a los jueves. Estábamos trabajando con mucha intensidad. Tenía cinco elementos regulares, y nos enfocábamos únicamente a la poesía. Pero con la mudanza, como que se desmadejó”.
De La Laguna al mundo
Mientras se desarrolla la entrevista, el teléfono no cesa de sonar: son amigos que llaman para confirmarle que estarán allí el domingo. Amigos de Torreón, de Jalapa, de la Ciudad de México, de España, de Sudamérica. Y es que desde muy joven, Enriqueta tuvo que recorrer el mundo para encontrarse a sí misma: “Yo recorrí el mundo casi entero, y ahora pienso ¿sería que me estaban preparando para algo? Porque es muy raro: generalmente a esa edad uno busca los bailes, o estar con la familia. Yo viajé todo lo que podía. Quería conocer los lugares, encontrarme con la gente, con lo conocido y lo desconocido”.Otro de sus rincones preferidos en el mundo es Jalapa: “Jalapa es un lugar que yo quise entrañablemente. Lloré y sufrí mucho cuando tuve que dejarlo. El trabajo lo va a uno llevando por muchos lugares, y Jalapa fue como mi segundo rincón de cariño. Creo que es el único lugar al que le he escrito un poema. Para mí, ese lugar significó la renovación total, la alegría, el deseo de vivir”.
Con todo, no es Jalapa la ciudad que más evoca la poeta. Tampoco es Rabat, ni Tánger, ni Madrid: es Torreón. “Ése es mi talón de Aquiles. No soporto que hablen mal de mi ciudad. Siento mucha nostalgia por los atardeceres de allá”. De Torreón extraña, además, la comida. Sobre todo el cabrito y el menudo: “Torreón es un lugar que tiene mezclados platillos de toda la república. Allí la gente es muy feliz. Tengo un recuerdo muy grabado: cuando iba a La Laguna, recién llegaba y me invitaban a una carne asada. No había caminado ni tres o cuatro cuadras, me encontraba a otro amigo y me invitaba a una parrillada. Así, de invitación en invitación. Y me preguntaba yo por qué hacían tantas fiestas. Trataba de buscar en mis recuerdos y no hallaba por qué. Mis amigos respondían que siempre estaban buscando la manera de sentirse felices, de festejar algo, de tener invitados en casa ”. Hoy estamos invitados todos a su casa, porque su casa hoy se llama Bellas Artes.
Descanse en paz, Maestra.

3 comentarios:

Juan de Dios dijo...

Es una verdadera pena que grandes maestros de la literatura nos dejen, como en este caso la Maestra Enriqueta Ochoa.

Juan de Dios dijo...

Sabes Vicente, te sorprendería el poco y tardado eco que han hecho en Torreón sobre la muerte de esta gran poetisa mexicana. Es una verdadera pena.

StingIndigo dijo...

Vicente Alfonso.

En primera instancia me permito saludarle de gentil forma esperando que se encuentre bien al momento de leer este comentario.

Coincido con Juan de Dios... es una pena que en Torreón pareciera que el arte, sobre todo el lírico, siempre está relegado a ser prioridad segundona en la agenda política municipal. Pareciera que como en el mundo discográfico, los escritores debieramos ser "indies", en vez de depender del gran aparato mercadológico de una disquera, que en este caso serían las instancias culturales gubernamentales. Tan independientes, que cada uno en lo personal deberá emprender su propio material, con sus propios medios publicarlo y darlo a conocer y de ser posible, venderlo de puerta en puerta y convencer sagazmente al probable lector.

Me uno a la pena y a la tristeza que embarga a las letras laguneras y mexicanas por el fallecimiento de Doña Enriqueta Ochoa, que de unos dos-tres años para acá mediante sus letras ha sido una lectura recurrente y se ha vuelto en si una influencia para mi emergente poesía.

Y me uno también a la pena que como a Juan de Dios, a más de tres, contandonos a nosotros, inquieta en el hecho de que para esta gente, así como la vida según Don José Alfredo Jiménez decía, no vale nada, el arte tampoco al menos para quienes debieran exaltarlo en estos lares, sobre todo por el loor hacia la gente que lo ha hecho grande, como Doña Enriqueta y que no solo quede en un par de notas de periódicos y un busto añejo y sin lavar, sin una sola rosa siquiera marchita por su memoria, en una Alameda Central descuidada y sin protección de los vándalos.

Me extendí demasiado, me disculpo por ello.

Envío un gran saludo. Estaré siguiendo el blog habitualmente.