sábado, 26 de diciembre de 2015


Hoy, en El Universal, una nota de Yanet Aguilar sobre Huesos de San Lorenzo. Para enterarse, den clic en la liga:

http://www.eluniversal.com.mx/articulo/cultura/letras/2015/12/16/vicente-alfonso-indaga-misterios




Vine a la FIL Guadalajara porque me dijeron que aquí había ejemplares de mi nueva novela, Huesos de San Lorenzo, publicada por Tusquets...





sábado, 19 de septiembre de 2015

El periodismo es una lección de humildad: Elena Poniatowska

"Yo le debo todo al periodismo, para mí ha sido una escuela extraordinaria. Se dice que el escritor por un lado y el periodista por el otro, pero yo sin el periodismo simplemente no existo. Hay un maltrato al periodista, sí, pero te sirve mucho ser periodista porque es una lección de humildad: te hacen esperar, a veces ni siquiera la persona a la que quieres entrevistar es la que te pone las trabas, pero todo el entorno te lo pone..." es un extracto de mi entrevista con doña Elena Poniatowska que se publica hoy, en el suplemento cultural Confabulario:
http://confabulario.eluniversal.com.mx/ser-periodista-es-una-leccion-de-humildad/



viernes, 3 de julio de 2015

Huesos de San Lorenzo

A manera de adelanto, la Revista de la Universidad publicó dos capítulos de mi novela Huesos de San Lorenzo, que aparecerá bajo el sello Tusquets a finales de este año. El PDF se puede ver aquí: 


lunes, 6 de enero de 2014

Recuerdos de Mazatlán



Entre las lecturas pendientes me he topado con un libro que hace unas semanas me hizo llegar Jaime Muñoz Vargas, Director de Cultura de Torreón. Se trata de Morena de Mar, primera novela de Daniel Lomas, publicada por el ayuntamiento dentro de la colección La Calor. Del autor sabemos que nació en Torreón en 1978, que estudió Derecho, que creaciones suyas forman parte de diferentes antologías cocinadas en el desierto coahuilense y que ha publicado el poemario Una Costilla Individual (colección Arteletra, 2012).
Si tuviéramos que resumir la novela en tres o cuatro líneas, podríamos decir que en poco más de cien páginas, Morena de Mar cuenta una historia redonda: el despertar sexual de un veinteañero que viaja a la playa con su padre, aunque las circunstancias lo llevan a pasar un par de días con Matilde, guapa señora de cuarenta y tantos años. Mazatlán se convierte en un caldo de cultivo perfecto para dos soledades que se encuentran. Dos cercos que se rompen: el duelo que Matilde carga tras la muerte de su madre, la timidez que le impide a él retozar con muchachas de su edad.
  Pero esta primera novela no se limita a un recuento de anécdotas con fondo tropical. La historia, que en otras plumas daría cuando mucho para un manojo de cuartillas, ha sido muy bien desmenuzada por Lomas hasta convertirse en una novela corta. 
Los detalles del fugaz ligue mazatleco llegan hasta nosotros por un narrador que evoca los hechos más de veinte años después de ocurridos: el protagonista mismo. Aquel joven que se enamoró como un becerro es un hombre maduro al momento de contar la historia. En esa distancia está el secreto de esta novela: Daniel Lomas ha sabido sacarle jugo a esa sensación de extrañamiento que se apodera de nosotros cuando recordamos días tan lejanos que difícilmente nos reconocemos al vernos en eso que García Márquez llama “el espejo roto de la memoria”: el protagonista habla de sí mismo como si se tratara de otra persona, el viejo se anima incluso a discutir con el jovencito que fue y por qué no, a envidiarlo. Un párrafo de la página 45 ilustra muy bien a qué me refiero: “Así que el chico se reanimó al instante. Qué mejor augurio puedes esperar que el hecho de que ella desee salir contigo. Y al tiempo que íbamos bajando las escaleras, yo detrás de ella, uno o dos peldaños atrás de ella, se me llenaron los pulmones de felicidad…”.
Conforme avanzan las páginas, los lectores advertimos que detrás de la cansada voz del narrador hay un misterio, intuimos una vida tortuosa y llena de decepciones. Su vida no ha sido lo que esperaba. Es precisamente ese juego de ida y vuelta entre las decepciones del narrador maduro y las expectativas del joven protagonista lo que convierte esta novela en un relato memorable, cálido, muy bien logrado. Somos testigos de los esfuerzos de un hombre maduro que intenta conservar la poca ingenuidad que le queda, pero ésta amenaza con escapársele como arena entre los dedos. “Tendré que obligarme a ser osadamente honesto”, confiesa el narrador en la página 90. Son precisamente estos arranques de honestidad los mejores pasajes del libro.
Coincido con el comentario de la cuarta de forros de este libro: Daniel Lomas es un autor lleno de malicias literarias, del que cabe esperar en el futuro logros literarios cada vez más altos.
Morena de Mar está disponible, sin costo, en la Dirección de Cultura de Torreón (Matamoros y Colón). Ignoro si los ejemplares de cortesía se habrán terminado ya. Si acaso quedan algunos, no tardarán en agotarse.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Entre petroleros te veas


                                                   Dado que en la semana no hubo asuntos de relevancia para el país, y que últimamente todo en México marcha a la perfección, tuve alguna dificultad para seleccionar el tema de este artículo. Está bien, exagero al decir que nada ocurrió: ayer se disputó la final de futbol. Cómo se me iba a pasar eso que los líderes de opinión llaman la guerra en calzoncillos. Pero ni modo de hablar de eso en este espacio. Nunca he sido un buen analista deportivo, y además, en algún rincón interno, una voz me decía: petróleos mexicanos. No sabía por qué. Era una vocecilla apenas, algo así como un chapulín perdido en la sierra Del Sarnoso, pero de todos modos decidí rastrearla. Entonces me acordé que una de las mejores novelas que leí este año es Muertes de Aurora (1980, Ediciones de Cultura Popular), de Gerardo de la Torre, estupendo escritor mexicano que en marzo pasado cumplió 75 años, de los cuales ha dedicado 50 a la literatura. Guionista, crítico literario y maestro de muchas generaciones, De la Torre aprendió de los grandes los secretos del oficio: fue miembro del taller de Juan José Arreola y alumno indirecto de autores como Juan Rejano y José Revueltas.
Aquella voz interna, petróleos mexicanos, cobró sentido en cuanto invoqué Muertes de Aurora porque los lectores asociamos a Gerardo con el béisbol y con la novela policiaca, por supuesto, pero también con la mayor industria de este país: la petrolera. Ese vínculo es natural si revisamos su biografía, pues hacerlo es repasar también algunos momentos significativos para nuestra soberanía en materia de hidrocarburos. Por ejemplo: Gerardo de la Torre nació en marzo de 1938, apenas tres días antes de que Lázaro Cárdenas nacionalizara el petróleo. A los quince años entró a trabajar a la refinería de Azcapotzalco. A los treinta y dos publicó su primera novela, Ensayo General (Joaquín Mortiz, 1970), cuyos protagonistas son trabajadores petroleros. En 1988 ganó el Premio de Novela Pemex, que se convocó para celebrar 50 años de la expropiación, por supuesto con una historia sobre petroleros. De su amplia obra podemos citar la ya mencionada Muertes de Aurora y Los Muchachos Locos de Aquel Verano (Premio de Novela José Rubén Romero 1994). En ambas se aborda la participación de los trabajadores del petróleo en la vida pública de nuestro país.
Enmarcada en 1968, Muertes de Aurora se centra en un grupo de cuatro trabajadores petroleros que simpatizan con el movimiento estudiantil y buscan aportar su grano de arena para construir una realidad más justa. En 209 páginas narradas con maestría, con una prosa poderosa, De la Torre nos sumerge en un país convulso donde la represión se convierte en la respuesta sistemática a las demandas juveniles. Un México de profundos contrastes: mientras en las dependencias oficiales hay delincuentes de cuello blanco que son intocables, en la calle las manifestaciones son disueltas violentamente. En el centro del cuadro distinguimos a Jesús de la Cruz, extrabajador petrolero que trabaja en una agencia de noticias y sueña con convertirse en escritor. Él y sus compañeros de lucha asisten a las manifestaciones, intentan concientizar a otros obreros de lo necesario que resulta involucrarse en los asuntos públicos en ese momento de la vida nacional. Actuar, no sólo quejarse. Sin embargo, los personajes que De la Torre nos entrega no son ángeles con casco y herramienta: a lo largo de la novela, se sienten tentados por las comodidades y dudan respecto a abandonar la lucha. A eso hay que agregar que no siempre comprenden el carácter de las contiendas en que se ven inmiscuidos, y que en su entorno laboral son continuamente traicionados por los dirigentes sindicales.
No es casual que tanto Vicente Leñero como José Woldenberg hayan calificado a Muertes de Aurora como "la mejor novela que se ha escrito sobre el 68". Y mientras en mi cabeza rebotan como un eco aquellas dos palabras, petróleos mexicanos, sigo preguntándome en qué se basará, de dónde sacará Gerardo de la Torre el material para escribir su próxima novela.


Un TIC TAC y todo cambió...


Un ciudadano promedio de nuestra época oye muchas más veces Las Cuatro Estaciones que aquellas que pudo escucharla Vivaldi. La razón es sencilla: para oír sus piezas, el compositor veneciano necesitaba reunir una orquesta y montar la obra, hoy, en cambio, basta buscar la grabación. Esta idea, que escuché cuando estudiaba en la Facultad de Música, nos recuerda que nuestro acceso a las artes es muy distinto del que tuvieron nuestros antepasados. Ya en 1936 el filósofo y crítico alemán Walter Benjamin reflexionaba sobre las consecuencias que acarreó esta posibilidad de reproducir las obras artísticas una y otra vez. Sobre todas, Benjamin destacaba la posibilidad de poner la réplica, en forma de fotografía o de sonido grabado en disco, en situaciones inalcanzables para el original. ¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo: que hoy cualquiera puede tener en casa una réplica de Las Meninas, escuchar una orquesta mientras corre o ver Psicosis en su celular.
He recordado el asunto porque el miércoles estuve en el toquín de presentación de Tic Tac, la más reciente grabación de Los Enanitos Verdes. Más adelante explicaré por qué hablo de grabación y no de disco. Mientras tanto quiero destacar que se trata de una de las mejores grabaciones de esta banda, un poderoso trabajo que recupera el sonido que forjaron en Big Bang, otro de sus trabajos clásicos. Armados con bataca, bajo y guitarra, coloreando las atmósferas con cuerdas, metales, órgano y una pizca de percusión latina, los enanos nos meten en un viaje que bien vale cada una de las 12 horas del reloj que aparece en la portada.
Efectivamente: como en otras obras de los enanitos, hay en Tic Tac un reloj involucrado, objeto que evoca una de las obsesiones de estos músicos mendocinos: la relación espacio-tiempo. Algunos dicen que todo terminó, otros dicen que la vida es larga… Veintisiete años después de la aparición de Contrarreloj, su segundo disco, Los Enanitos Verdes parecen evocar aquel álbum que los puso en la cima, pero no para vivir de viejas glorias, sino para demostrar que pueden superarse a sí mismos. "En un tic tac todo se transforma en nada (…) un tic tac y todo cambió", dice la letra del octavo track, el que da nombre a esta grabación. Y sí, el tiempo cambia todo.
          No es fácil ser estrella de rock, escribí hace unas semanas refiriéndome a Lou Reed y a Metallica. Lo repito. No cualquiera mantiene ese estatus por más de treinta años. Los enanitos verdes lo han hecho: los 34 años que Marciano Cantero (bajo, voz) y Felipe Staiti (guitarra) llevan tocando juntos se reflejan en Tic Tac. Acopladísimos. Certeros. Todo ese kilometraje se nota en la grabación. Mientras escribo escucho Cocktail, la cuarta rola del trabajo: un track que corre sin prisas, pero sin pausas. A la impecable ejecución vocal hay que sumar que Marciano Cantero está en su mejor momento como bajista: escuchamos un músico más arriesgado, más creativo, que por momentos emprende descargas casi jazzísticas. El solo de guitarra en esa canción demuestra por qué Staiti es una de las liras más cotizadas del continente.
Ahora, ¿por qué hablo de grabación y no de disco? Porque las disqueras, como los dinosaurios, están sentenciadas a transformarse o desaparecer. Con la aparición de nuevas tecnologías que permiten replicar la música muy fácilmente, el eje de la industria musical ha vuelto a ser el concierto, no el CD ni el MP3. Las señales del apocalipsis están allí: no es casualidad que David Bowie haya gastado sólo nueve dólares en la filmación de su último video, ni que Metallica acabe de fundar su propia disquera, ni que Café Tacvba haya bautizado su trabajo más reciente como "Ese objeto antes llamado disco". En ese tenor Los Enanitos Verdes decidieron lanzar Tic Tac como banda independiente bajo el sello Serafita Music, es decir, al margen de las grandes compañías disqueras. Evidentemente todos estos artistas están explorando una nueva forma de relacionarse con sus escuchas, que en el fondo es aquella que tenía Vivaldi: una dinámica que vuelve a poner en el centro al músico y su público, no a un enorme aparato de distribución plagado de intereses. Muy bien por Los Enanitos. Por cierto, algunos tracks de Tic Tac se pueden escuchar en la página de la banda (www.losenanitosverdes.net). También allí aparecen las formas en que se puede adquirir la grabación.

martes, 26 de junio de 2012

Allá están locos




Crecí escuchando lo difícil que podía ser la vida en el distrito federal: temblores y asaltos. Ríos de personas como autómatas ciegos en los túneles del metro. Manifestaciones. Laberintos de asfalto donde los coches se quedaban varados por horas. Secuestros. Familias completas viviendo en un cuarto de azotea. Un cielo venenoso y gris que en los peores días dejaba sobre las banquetas un reguero de pájaros muertos.

        Con todo, era la capital del país. Me tocó visitarla por primera vez a los   ocho años, cuando mi padre decidió que ya podía acompañarlo a una reunión de trabajo. En ese tiempo no había de otra: ir de Torreón a México implicaba pasar la noche en un autobús que se detenía en cada población. Ya en el andén de salida, mi madre nos lanzó una advertencia:
—Tengan cuidado: allá están locos. 
A las seis de la mañana mi padre me despertó para que no me perdiera la entrada a la ciudad en la que él había estudiado de joven. Frente a nosotros se extendía un horizonte plagado de edificios que entonces vi enormes, amenazantes, cubiertos por una espesa nata de smog. Lo primero que hice fue preguntarle a mi padre cómo íbamos a poder respirar cuando estuviéramos dentro de aquella nube. “Ya lo estamos”, me contestó, “sólo que está tan cerca que no podemos verla”.
En los tres días que duró la visita extremé mis cuidados. Trataba incluso de respirar lo menos posible. Sentía una secreta admiración por cada una de las personas que veía en la calle: más que habitantes me parecían sobrevivientes.
Mi vocación me hizo volver nueve años más tarde, cuando ingresé a un curso en la Escuela Nacional de Música. No lo hice porque quisiera: no había otra escuela que ofreciera la especialidad que yo deseaba estudiar. Las semanas que pasé en la capital me hicieron ver que, si bien las terribles historias que había escuchado en el norte eran ciertas, se compensaban con ventajas que Torreón no tenía: desde un clima más benigno hasta conciertos, museos, tiendas de discos y librerías más surtidas que las de mi natal Laguna.
Finalmente, hace ocho años, decidí mudarme a este conflictivo laberinto que tanto me apabullaba de niño. Varios amigos a quienes les compartí mi decisión me repitieron:
—Ten mucho cuidado: allá están locos.

II

En 2005 se acentuó la violencia en La Laguna. El ensañamiento que desde entonces muestra el crimen organizado ha llegado a límites que parecían reservados al territorio de las pesadillas: sicarios que irrumpen en un antro y disparan contra todo y contra todos, cabezas apiladas en hieleras, cuerpos disueltos en tambos de ácido… historias terribles, cada una más terrible que la anterior, que le dan la vuelta al país. Algunas, al escucharlas, me han parecido difíciles de creer, y las he guardado con reserva en el cajón de los rumores. Por desgracia muchas se confirman.
Durante las primeras visitas desde que se inició la ola de violencia, me costaba creer que el territorio seguro donde crecí estuviera bajo fuego. Hasta que me tocó una balacera en la Calzada Colón. Y después otra en el Bulevar Independencia.
Afortunadamente siento a mis coterráneos unidos como nunca. Rebasadas las autoridades, vulnerado el estado de derecho, las divisiones han pasado a segundo plano para los civiles: más allá de las terribles anécdotas que se multiplican dolorosamente, comenzamos a darnos cuenta de que somos miembros de una misma familia. Paradójicamente, la comunicación fluye en redes informales, de boca en boca, y me da gusto ver que los ciudadanos vamos aprendiendo a cuidarnos entre todos.
Aunque llevo más de ocho años viviendo en el distrito federal, conservo el acento y el vocabulario norteños. Digo feria en vez de cambio y uso palabras como pantalonera, lonche y grapadora. Por eso no es raro que me pregunten de dónde soy. Cuando contesto que soy de Torreón, vuelvo a escuchar la misma advertencia, sólo que ahora viaja en sentido contrario:
—Ah, caray… allá están locos. 

III

Me han tocado más balaceras en el de efe que en La Laguna. En los últimos meses fui testigo de tres enfrentamientos con ametralladoras afuera del edificio donde vivo, y eso que se trata de una zona tranquila en el área del pedregal. Las ráfagas me despertaron en la madrugada y duraron lo suficiente para que pudiera grabarlas desde la ventana con mi teléfono. Cuando se los conté a mis compañeros de oficina, acostumbrados a la tranquilidad de la Colonia Del Valle, les pareció difícil creerlo. Entonces agregué que en la Colonia de los Doctores, donde también viví, me había tocado presenciar al menos dos ejecuciones.
—Bueno, pero hablas de la Doctores —precisó alguien—: allá están locos.
Creo que no es así. Que no existen, que nunca han existido límites para el territorio en donde cualquier cosa puede ocurrir. Que el estado de derecho se ha debilitado lo mismo aquí que allá, porque hablamos del mismo país. Creo que aunque no nos demos cuenta, van en aumento los niveles de violencia y corrupción que respiramos. Tal vez es muy difícil verlo —y sólo podamos apreciarlo a la distancia— porque ya estamos inmersos en la nube.